jueves, 19 de abril de 2007

El Pinsapar / CLAUDIA













___________ Claudia

Jamás podré olvidar el día de hoy, miércoles señalaíto de Delphi y Claudia. Mi alegría inmensa junto a la desolación de toda la comarca, silenciosa y cerrada en protesta por el cerrojazo empresarial y la angustia de miles de familias gaditanas ante un nuevo horizonte de desempleo y desesperanza. Pero decía Claudia, y Delphi. Claudia es, perdonadme la alegría, mi primera nieta. Ayer miércoles, ahora que lo escribo, está llegando a Cádiz desde el misterio de la vida. Mi primera nieta llega a este Cádiz precisamente en un día como hoy, gris, triste, solidario y en cierto modo angustioso. La frecuencia de las dilataciones, el afán de su ginecólogo, de todo el personal que hace posible la felicidad de una nueva vida, en una Residencia que sirve un café, mil gracias, en este día de cafeterías cerradas, de todo cerrado como expresión de la oscuridad que se cierne sobre la bahía de Cádiz, de nuevo en la deslocalización, en la pérdida de pulso, en el castigo a su esperanza de trabajo y dignidad.

Claudia está llegando a Cádiz. Aguardamos los abuelos de padre y madre, y la familia lejana espera el timbre del teléfono. Vendrá con un pan bajo el brazo, como suelen venir los hijos, pero en esta ciudad hoy sombría por Delphi. Hasta donde no alcanzamos a ver llega la incertidumbre. Claudia va a llegar en el día señalíto de esta nueva seguiriya de Cádiz que habla de la desesperanza y la injusticia. Todos tenemos derecho al trabajo. Por supuesto. Como los miles de empleados por esta multinacional norteamericana que no dice que ha encontrado un nuevo nicho laboral de mansedumbre y bajo coste. La competitividad está ahí, en el abaratamiento de los costes para hacer frente a los otros nichos emergentes de empleo, las criaturas que pueden trabajar por la subsistencia y poco más las horas y horas que sean necesarias. Lo que fue antes acumulación de capitales es hoy la competitividad, o sea. El sistema de garantías sociales es puesto en peligro por los sistemas de no garantías sociales, el nuevo esclavismo. Sudeste asiático, China. Y también Europa. Libertad de mercado puede significar que Delphi se vaya a Polonia, donde todo es más barato. Desde Puerto Real a Varsovia ahora para un día Rumanía o algún otro país más necesitado todavía, más “competitivo”. La herencia es este día señalíto, esta comarca gaditana ampliada, los 19 pueblos y ciudades que han echado las barajas y los cerrojos y han dicho basta ya, no hay derecho, estamos con Delphi.

Mi nieta Claudia va a llegar definitivamente a Cádiz este miércoles de espinas, digo de Delphi. Tan pequeña, tan indefensa… Qué día tan señalaíto, Dios mío, para nacer.

Diario de Cádiz
El Pinsapar
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miércoles, 11 de abril de 2007

El Pinsapar / MUSEO DE LAS GANADERÍAS


______ Museo de las ganaderías

Hay un espacio inconcreto que arranca de la tierra media entre Medina y Paterna que mira a Alcalá de los Gazules y se derrama hasta los predios de Algeciras, en donde se concentran las ganaderías gaditanas. Hablo de Los Alburejos, y Torre Estrella, de Jandilla, Cebada Gago, Carlos Núñez... Es como un núcleo extenso de paisajes con toros bravos que pacen pacíficos en los oteros, los valles, las ondulaciones y los llanos. Dehesas, cotos de caza, tierras de labranza se alternan con este paisaje insólito. En los cortijos cuelgan de las paredes las cabezas de viejos toros inmortales con sus leyendas, los nombres de las plazas en donde brilló su bravura y, con ella, surgieron las faenas inolvidables de los grandes maestros del toreo. Y en las vitrinas están muchos de los trofeos alcanzados. Las genealogías de la bravura, tan antiguas y conocidas como los apellidos de los ganaderos o más, están enmarcadas en las paredes. Es una platería de bustos, monteras, mayorales de plata que conducen el ganado, estoques, capotes, muletas...

En esa geografía mágica hay placitas de tienta a donde los diestros acuden con sus sueños y las dibujadas faenas en la cabeza. Tras de los portales de los blancos cortijos, los caminos entre árboles llevan a las caballerizas, a los patios, los corrales, los encierros. Peones y mayorales, a caballo, cuidan los pastos de las fincas, miran a los toros, anotan las cubiertas a las bravas vacas. Ningún día es el mismo día de cada jornada interminable. El ganadero calla y observa, cavila y trenza nuevas bravuras, aparta otras corridas. Digo que cada uno lleva su afán y reza para lo suyo pero que esa riqueza tiene un escaparate que no se ha levantado, un museo que nunca nadie ha ofrecido, con sus salas cos sus nombres, ya decía, Cebada Gago, Jandilla, Carlos Núñez, Torre Estrella, Los Alburejos...

Es lo que quiero poner aquí para que lo contemplen, siquiera. En Medina Sidonia podía ser, por su término: El Museo de las Ganaderías. Ofreciendo la casa grande, si la hubiera, el terreno para construirlo, las fórmulas para que sea una realidad. Con su ruta, la visita a las dehesas, las tientas, los restaurantes que se levanten, los caballos que se monten. Único en España y anticipo de cualquier otro. Vienen de todas partes al golf, el sol y la playa. También podían venir a esto y subirían muchos enteros las acciones de esta provincia que tanto lo merece y tanto lo necesita. Todo está a la mano, muy cerca de cualquier ruta. Es cuestión de creer que se puede, y hacer realidad el sueño.

Museo de las Ganadería. Medina Sidonia (Cádiz).

Diario de Cádiz
El Pinsapar
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martes, 10 de abril de 2007

TRAFALGAR, VEJER


______ Todo lo he olvidado. Subo la escalera, pina, de tres descansillos, hacia las habitaciones de arriba. La entrada sigue siendo la entrada de 1805. Sobre el dintel hay un letrero comercial, quizá. Trafalgar. Y los balcones de la vieja casona con su herrería de fragua recién pintada. Las paredes blancas, de cal. El cielo azul arriba, sin nubes, de la tarde que declina hacia el noroeste.

La entrada es umbría a esta hora incierta en que el sol ya va de retirada en la espalda de esta fachada que da al mar que no se ve, y la habitación de abajo habilitada de comedor del Trafalgar tiene la música muy suave de un cuarteto de cámara, luces amables y amarillas, tres comensales silenciosos. Se sube por unos escalones de antiguas y modestas losas de grises predominantes, con dibujos. Y cantos de madera, gastados. Viguerías de pino pintadas de castaño muy oscuro en los techos. En el vano del primer descansillo un Trafalgar de Baroja, el de Alianza Editorial, enmarcado. Y en un testero del segundo descansillo una carta del Instituto Hidrográfico de la Armada, magnífica, como todas las que han salido de las prensas del centro gaditano. Cabo de San Vicente. Trafalgar. Con las medidas de los fondos, las cuerdas de números hacia el alta mar.
  
La habitación de arriba no la abren siempre, primero llenan la de abajo. Cuando todas las mesas están ocupadas hacen pasar a los clientes arriba, las dos habitaciones unidas, irregularidad completa, polígono de siete lados, puede que seis. Es por la vista a la plaza. Azulejería sevillana, cuerpo central con plantones y flores, una farola de tres brazos.

Como mimo, seña de identidad de Vejer, piedra preciosa incrustada en un caserío blanco que serpentea, ramonea como una cabra por el monte tras las murallas de piedras duras de cuando entonces. Desde el que se ve el mar. A la izquierda, abajo, Barbate. Y los Caños de Meca. El Palmar más cerca. Esa porción de litoral, la línea apenas quebrada por las calas y los pequeños puertos de pescadores. Desde Santa María hasta donde da la vuelta el agua. Playa de Poniente. Las playas dunares a donde llegaron los cadáveres de aquella batalla, la luz como un incendio, la arena blanca para mirar toda la paleta del mismo mar de entonces, el mar que cabrillea o se emploma cuando llueve sobre el agua, el mar que azulea o verdea según la hora y la estación, el mar bajo la luna, el mar bajo la noche cerrada como boca de lobo, el mar de las pleamares, el mar de las bajamares, el mar de las tormentas y los naufragios, el mar por el que llegó a Cádiz el púnico y el griego y el romano. El mar que nos robó Horatio Nelson para que el Corso no le robara la tierra de su tierra, con Godoy de figurante de un drama, con Su Majestad que Dios guarde como espectador atónito e indolente de ese mismo drama que todavía nos atenaza algunos días. Y con tanta sangre, con tanta sangre, sobre todo con tanta sangre. ¡Una batalla perdida se parece tanto a otra batalla perdida! 

Pero casi lo he olvidado todo mientras voy subiendo las escaleras y mirando los cuadros de barcos pintados del siglo XVII, y XVIII, los barcos de Gibraltar. De Trafalgar. De Finisterre. Del continente que se fue alejando por la amura de estribor. Al garete para siempre. En el hueco de la pared de la sala, frente a los balcones y el cierro, han puesto una biblioteca. Gastronómica. Esto es un restaurante. Trafalgar. No una batalla. Ni un trozo de madera de la santabárbara, ni del castillo de popa, ni de los sollozados sollados de. Tampoco un astillado pedazo de la arboladura flotando al pairo por el azul del océano que llega manso a las playas. Pero por el balcón abierto, silencio, todavía se oye el griterío, el zumbido no demasiado lejano de los cañonazos, el fragor de la batalla -¿se dice así? No la derrota. Que fue del francés, incompetente, nos dicen. Es saludable echarle las culpas a los demás, casi benéfico, que sean los demás los que tengan la culpa. Para enterrar a los muertos, nada mejor. Un ceremonial imponente, con pífanos, tambores y banda de música. Militar, por supuesto. Y una buena descarga de fusileros con la primera palada de tierra sobre la fosa abierta. ¡Fuego! Que suene mucho para encogernos el alma, enjugar las lágrimas hasta secarlas del todo. ¡Viva España! ¡Viva El Rey!

“¿Los señores desean algo de beber?”
“Sí, por favor, cerveza fría. Muy fría si es posible”.

Doscientos años de aquello. Y no hubo fusilería, sólo cadáveres que llegaban a las playas. De Santa María, al norte de la batalla, en las puertas de Cádiz; de la Cortadura, de la Isla y Chiclana y Conil y Barbate y Tarifa. A todas las playas. Cadáveres por todas partes, los cadáveres de los campesinos enrolados a la fuerza en la flota de Su Católica Majestad y del Emperador, también de Su Graciosa Majestad el Rey de la Inglaterra, la Escocia, El País de Gales y la Irlanda, el nuevo emperador del mundo por 100 años. Después de la batalla sobre todo.

Miro distraído la carta. Hay diversas clases de atunes, y mojamas, como corresponde a la cercana almadraba de Barbate, abajo. Aquí en lo alto el caserío antiguo, el aire quieto de cuando se sube, que el tiempo se detiene. Y ensaladas de nouvelle cuisine, ensaladas de nombres poéticos, c’est normal, últimamente vienen muchos franceses, a quedarse. E ingleses. Compran su casita vieja y la arreglan por dentro y por fuera sin cambiar nada de la apariencia. Venir del smog al paraíso junto al aire que trajo a esta estancia aquella jornada que ahora nos presentan con un croquis animado, cómo los barcos del inglés maniobraron hasta penetrar por proa y popa de los aliados franco-españoles, disparando toda la artillería a proa y a popa, y girando hasta ponerse en los costados y seguir disparando a los atónitos marinos cuyos cañoneros, servidores, cuyas tripulaciones serían horas después cadáveres flotando en ese mar amigo, siempre cercano, siempre presente en nuestros ojos. Inmediatamente después de ser héroes. La flota de campesinos tomados en quintas por los reclutadores de Su Majestad el Rey de las Españas, y del Corso. Y de Su Graciosa Majestad. Ni Gravina, ni Churruca, ni Alcalá Galiano. Ni Villeneuve, ni Rossilly. Ni Nelson tampoco, claro. Ninguno. Este silencio que se percibe del tiempo inmediatamente después de una batalla planteada por la ambición para señorear esta parte del mundo y acabar perdiéndolo todo. El Santísima Trinidad era un barco imponente, daban miedo sus 136 cañones: 205 muertos, 108 heridos. Hundido. El Monarca contaba 74 cañones: 100 muertos, 150 heridos. El Santa Ana tenía 112 cañones: 97 muertos, 141 heridos. El San Justo, 74 cañones. El San Leandro, 74 cañones. Los San Agustín, San Juan Nepomuceno, Príncipe de Asturias, San Ildefonso, Argonauta, Montañés, Bahama, Rayo, Neptuno, el San Francisco de Asís… Ni cuento cañones ni muertos en esta cuenta incompleta. Ni heridos. Ni los buques apresados, conducidos a Gibraltar o sambenitados hasta la pudrición en las carenas de los restos del imperio español, aquellos navíos del pabellón de España con sus nombres emblemáticos e inolvidables. Y los otros, los Pluton, Fugueux, Indomtable, Intrepide, Redoutable, Neptuno, Bucentaure, Heros, Mont-Blanc. Tampoco los Victory, Temerayre, Neptuno, Leviathan, Britannia, Conqueror, Minotaur, Revenge. Con su pólvora y sus cañones, sus esloras y mangas, sus capitanes para la gloria, o la muerte, o la vergüenza. Finalmente todo es un batiburrillo de nombres, croquis, legajos polvorientos y celebraciones cada siglo, la celebración de una victoria, la celebración de una derrota, el buque que es enviado por el almirante español cada tiempo por ese mar ya sin sangre, ni maderos chamuscados, ni gritos, para depositar la corona de flores por aquellos marinos, aquellos campesinos a bordo, aquel día de espanto del que no recordamos nada, Dios sea loado.

Trafalgar, un restaurante con voluntad de buen servicio, de buena carta de vinos, de buena carta. En Vejer. Con sus paredes con grabados de barcos, con el Trafagar de Galdós, con la carta del Hidrográfico de la Marina, esta música de cuarteto de Haydn que suena ahora que va anocheciendo imperceptiblemente, este lubricán de sangre que se diluye en el aire negruzco del verano hasta que se funda la naranja gelatina del sol más allá del faro de Cádiz.

“¿Los señores tienen pensado ya sus preferencias?”
“¿Habéis tomada ya una decisión?”

Gravina, cuentan, convenció al francés para que no saliera de Cádiz. Duró unos días. El francés quería salir en pos de la gloria. Cuentan que Napoleón estaba indignado. Lo que quería era la invasión. Cuentan la batalla, escriben, describen. Dibujan. Y hay este aire quieto aquí, estas cadencias del violín, la viola, el cello. Aquellos apellidos, los cien modos de preparar el atún en este Trafalgar amable, confortable y cálido en cuyas mesas nunca bendijeron los alimentos que iban a tomar Horatio Nelson, ni Collingwood, ni King, ni Hardy, ni Harvey, ni los otros oficiales de la escuadra triunfadora. Tampoco Pierre Charles de Villeneuve, ni Magon o Dumanoir Le Pelley, ni Magendie ni Jean-Jacques Lucas. Somos otros españoles ahora los que nos allegamos hasta este rincón amable, esta fama del atún, las ensaladas, los pescados y mariscos del litoral de la batalla. No vendrán nunca Cayetano Valdés o Baltasar Hidalgo de Cisneros, tampoco Alcedo, Álava, Uriarte. Ni sus oficiales, sus timoneles, artilleros, sanitarios, pañoleros, infantes de marina, soldados, campesinos sobre aquellas maderas apresadas, hundidas, ardidas en medio del mar hoy tan dulce en este crepúsculo con balcón abierto.

“Por favor, ya sabemos lo que vamos a pedir”.
“Los señores dirán…”




domingo, 8 de abril de 2007

El Pinsapar / TRUJILLO, CÁCERES


_________ Trujillo, Cáceres

Trujillo, Cáceres. Y Mérida. Como el “y Sevilla” de Manuel Machado que canta a las Andalucía. Mérida. Digo que llego de aquellas tierras vecinas completamente emocionado. Ha sido un sueño. Las piedras de los antepasados, Roma, Al Andalus, los años medios. Y el milagro de que esté todo allí, no hayan hecho ni el tiempo ni el hombre su triste trabajo de guadaña. Para nuestro gozo. Desconocida Extremadura maravillosa, en pie y ya para siempre, ya para siempre. Palabras faltan, digo, para expresar la pared sillar, la perspectiva del otero en donde plantaron un castillo, las casas solariegas, los palacios blasonados, los empedrados que zigzaguean, las plazas de toda piedra, de pura piedra casi eterna, el aire inmarchitable de lo que sin duda fue un tiempo demasiado lejano. Lo enhiesto, noble, firme. Y bello. En las iglesias, en las almenas, en los conventos, en los arcos sarracenos, en los caseríos. Y Mérida merecida, emérita. Ciertamente augusta, alcazaba, columbario, teatro, anfiteatro, circo. Retablos de oscuras maderas, catedrales, altos campanarios desde donde se ve un horizonte infinito y tañen las campanas a boda, a alegría. Campanarios para mirar el campo que las circundan. A las ciudades, los pueblos. Llanos fríos de estos días, con brillos de escarchas de amanecida, cazadores con perros en los cotos bajo un sol esquivo, bajo nubes persistentes. 

No es justo que una tierra con estos tres diamantes esté a la cabeza de las regiones subvencionadas, ocupe los primeros puestos de la renta más baja. No se debería confundir la honrada humildad de sus gentes con la injusticia, el abandono. De todo lo que no llegó nunca después de aquella foto gris de Alfonso XIII, que Dios guarde, en Las Hurdes, el Rey en un borriquillo con su corte atónita, en aquellas escarpaduras, esas tildes del abandono de una tierra, tan española. Trujillo, Cáceres. Y Mérida. Hay que ir allí y sentarse a contemplar la piedra dura labrada en muchos siglos, mirar el aire con las nubes de estos días, ver el afán de sus gentes, las hospitalaria actitud de sus taxistas locuaces y honrados, los jóvenes que pasean las avenidas, el deseo que se aprecia de crecer un pueblo, una región, Extremadura, oidme. 

Cierro los ojos y la emoción persiste, tan a mano ese solar de pueblos laboriosos y esta corona de tres diamantes de piedra viva que refulge. Un poco de Huelva y subir entre dehesas, linderos de piedras lajas, ovejas en rebaños tranquilos, ibéricos distraídos que rastrean las bellotas caídas de los árboles. Un tejido vale menos que un microchip pero muchísimo más que esta loncha de jamón incomparable sobre la losa blanca de un plato de apariencia tan modesta. Algo está mal hecho, qué duda cabe. 

Viajar es convertirse, sumergirse en el agua de un nuevo bautismo. Ahora me llamo Cáceres, Trujillo, Mérida. Del mismo modo que me llamo con el nombre de todas las ciudades que he visto, entrevisto, y amado. Lo digo con toda la ley de aquel poeta melancólico y enamorado: conmigo vais, mi corazón os lleva.

Diario de Cádiz
El Pinsapar
2007 04 09_