Su legado está lejos de caducar. Patsy Cline es una de las artistas más importantes de la música norteamericana de raíces. Más allá del aura de leyenda que conserva por su temprano fallecimiento, esta vocalista simbolizó el sonido original de Nashville al tiempo que llevó un country destilado con pasión y elegancia a las grandes audiencias, cruzando las fronteras de las listas temáticas del country & western a las del pop en una época donde la juventud buscaba emanciparse de los convencionalismos de su pasado inmediato. Cuando publicó en 1961 I fall to pieces, definiendo su célebre estilo menos crudo y más comercial, llegó al puesto número 12 de Billboard, erigiéndose como una nueva estrella de la canción estadounidense.
Nacida en 1932 en Virginia, su verdadero nombre es Virginia Patterson Hensley, hija de un hombre de más de 40 años y una chica menor de 16. Su padre terminó abandonando a su madre, quien fue para la cantante una especie de hermana mayor más que cualquier otra cosa. Desde niña quiso dedicarse a las artes y pensó en ser bailarina, pero encontró en el canto su verdadera virtud. Sin ningún aprendizaje profesional, se guiaba por el oído mientras encontró un referente en Kate Smith, una vocalista de variedades que se hizo famosa por cantar God bless America de Irving Berlin, considerado el segundo himno de EE UU tras el oficial The Star-Spangled Banner. Impresionada por su capacidad vocal, Cline interpretaba canciones populares de hillbilly, que habían llevado consigo muchos inmigrantes del sur estadounidense que fueron en busca de mejores trabajos al norte. También porque era el menú diario de varios programas de radio que proliferaron a mitad de siglo.
Como se cuenta en la Historia de la música country escrita por Alfonso Trulls, la paz que siguió al final de la II Guerra Mundial fomentó un periodo de abundancia y bienestar para los norteamericanos, que se manifestó en todos los campos y actividades. La música country no estuvo exenta de estos beneficios, enriqueciéndose con la fusión de los sonidos tradicionales y los comerciales. Fusión que aportó al género un gran impulso popular. Para los años cincuenta, la radio, cuyo poder de emisión no paraba de crecer, ayudó en la difusión de los nuevos talentos. El country extendió su mercado a zonas hasta entonces impensadas como Pennsylvania, Ohio, Michigan o Virginia, abandonando el sur como único mercado posible.
Esta situación permitió que una joven de Virginia pudiese tener una oportunidad en un género hasta entonces dominado por hombres del sur. Pero no solo eso. Sin ser la única que se adentró en el country, Patsy Cline marcó su propia pauta y adquirió un rápido éxito, a pesar del rechazo que sufrió por ser “demasiado joven” en el legendario Grand Ole Opry de Nashville, el programa radiofónico donde se dio oportunidad a decenas de artistas que actuaban sin cobrar pero alcanzaban una grandísima reputación. Con determinación y una voz angelical, en 1957, rompió todas las previsiones con Walkin after midnight, que llegó hasta las listas del pop. En esta canción se hallaban ya pistas de su mejor cancionero: un timbre maravilloso cantando con pena y orgullo a los corazones rotos. Sin embargo, no todas las grabaciones tuvieron tan buena acogida. La vocalista no se encontraba a gusto en la vertiente más rural del country. A pesar de que cantar este tipo de música era su único objetivo, el esplendor artístico no llegó hasta que el productor Owen Bradley dio con la fórmula para ella. Como se cuenta en el libro Honky Tonk Angel: The Intimate Story of Patsy Cline de Ellis Nassour, Cline sacaba lo mejor de sí misma en las baladas, en canciones más lentas que las del hillbilly tradicional. A decir verdad, era una voz de marcado brillo pop aunque, eso sí, con verdadero corazón country.
Si la década de los sesenta se conoce como la era de los productores en la música country, se debe a gente como Chet Akins, Billy Sherrill y Owen Bradley. Este último, quien tuvo en sus manos las carreras de Brenda Lee o Loretta Lynn, definió el sonido de Nashville a finales de los cincuenta con el objetivo de llevar la música vaquera a las grandes ciudades. Para ello, la voz de Cline era perfecta por su intensidad y su estupenda dicción, sin acento de ningún tipo. De esta forma, Bradley vistió al country de cuerdas y vientos y lo adornó con coros, como los que The Jordanaires hicieron en algunas de las canciones de Cline. El sonido de Nashville, también conocido como countrypolitan, gozó de una gran cosecha artística antes de que a la década siguiente perdiese el norte por el pop más vacuo e insulsas instrumentaciones borrasen la esencia de un género tan ilustrativo del sentir norteamericano.