viernes, 11 de agosto de 2017

Hace un tiempo...

El Pinsapar
Hispanidad
Enrique Montiel

¿Cuántas lenguas caben en una patria? ¿Cuántas patrias caben en una lengua? Lancé al aire estas dos preguntas, como una botella al mar. He recogido confusión y tangentes, aunque la cuestión era casi de acomodo de piezas en un espacio configurado. España, por ejemplo, una patria, alberga varias lenguas. El español, una lengua, se habla en muchas patrias. Entendía que, en primera instancia, el interrogante de la botella era muy fácil para el facebook aunque si me preguntaban por la patria, ¿qué podía decir yo?

Patria, Nación, Estado, ufff... Quiero decir, la historia ha hecho de los conceptos un convoluto. En la Europa que salió de Verdún, en el mundo de la guerra fría, en la España que surgió alegre de un entierro multitudinario, ahora con esta cosa del bolivarismo y principio de lo mismo. Inagotable, el convoluto. Y por eso algunos no respetan ni el momento en que la Patria rinde homenaje a los que murieron por la Patria, truecan el silencio necesario por el grito dimisionario. Lo hecho, hecho. En Londres no lo imagino, digo cuando la Reina va a depositar la corona de laurel ante el monumento de quienes dieron su vida para que el Reino Unido siguiera siendo un reino, y siguiera unido. Impensable, la verdad.

Aquí lo tengo recordado, lo que decía don Antonio Machado en un texto emocionante: “La Patria está por hacer”: “Sabemos que no es patria el suelo que se pisa, sino el suelo que se labra: que no basta vivir sobre él, sino para él; que allí donde no existe huella del esfuerzo humano, no hay patria, ni siquiera región, sino una tierra estéril; un pedazo de planeta por donde los hombres han pasado, no para hacer patria, sino para deshacerla. No sois patriotas pensando que algunos días sabréis morir para defender esos pelados cascotes; lo seréis acudiendo con el árbol o con la semilla, con la reja del arado o con el pico del minero a esos parajes sombríos y desolados, donde la patria está por hacer”. 

Con estos maestros aprendí lo que luego viví como una pesadilla., la España centrífuga, el espantajo del siglo XIX que si en Cádiz tuvo una alborada, muerta Cádiz por el VII Fernando, que Dios confunda, en Cádiz tendría su ocaso la libertad y la paz.

El martes, además de un puente y una fiesta, tuvo lugar una celebración que debe arraigar. No es la bandera, ni los himnos, ni los uniformes ni los gritos de dimisión, es esta ciudad compartida, este aire que respiramos, este recuerdo de nuestros padres.
“Convencidos de que sabemos morir -que ya es saber- procuremos ahora aprender a vivir, si hemos de conservar lo poco que aún tenemos”, resumía Machado. Fue una premonición de lo que acabaría llegando, por no aprender.

domingo, 23 de julio de 2017

Palabras de Rafael

Llevo tiempo queriendo decir unas palabras de Rafael. Inevitable situarme en el principio de la aventura, cuando leía los primeros libros en la habitación silenciosa de mi casa, cuando escribía los primeros renglones del oficio de escribir que ha sido mi vida. Porque inmediatamente después conocí a Rafael. Y a Juan. Digo Duarte, Rafael Duarte. Y Juan Mena. Era la generación del relevo de aquellos escritores generosos -Germán Caos, José González Barba, Antonio González Muñoz…-, unidos en sus poesías distintas, de compuerta abierta la de Mena, de fulgor inesperado la de Duarte. Y Luis Berenguer. Como el "y Sevilla" del famoso poema de Manuel Machado. La Isla era otra cosa por entonces. Y no porque casi viviéramos el estertor de los Juegos Florales, qué cosa tan antigua, sino porque la gente gustaba de los endecasílabos y los romances de rima consonante. Entonces, ya decía, Duarte era un fulgor, escribía un verso que te mataba. Automáticamente, como dijo Camarón de Curro Romero. Podía hablar del "mar de caoba del piano" como ahora ha hablado con perplejidad de las "células madres de la ternura". O del transplante de órganos de la compasión. En un poema de su último libro -Libro del vacío-, que presentó ese médico humanista y amigo, suyo y mío, llamado José Chamorro.


Rafael Duarte sabe de lo que habla aunque tenga esta cosa vallejiana de que entendamos sólo porcentajes. Como: "la combustión de todo lo sentido / reconoce las formas de matarte". O estos versos de quitarse el sombrero: "La arena es la osamenta de los siglos,/ el viento turbio y ciego de la historia,/ el adeene de la nada…".

No tengo quinientas palabras más, ni lo pretendo, para analizar el poemario de un vacío lleno de todo lo poético en la modernidad que no mira hacia lo siglos pretéritos sino a los del futuro. Rafael es como el verso de César Vallejo "¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!". Se trata del poema Hoy me gusta la vida mucho menos, que tanto gustaba a nuestro Luis Berenguer inolvidable: "Me gusta la vida enormemente/ pero, desde luego,/con mi muerte querida y mi café / y viendo los castaños frondosos de París/ y diciendo:/ Es un ojo éste, aquél: una frente ésta, aquella… Y repitiendo / ¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!/ ¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!".

"Si pudiese pensar en la totalidad de un sentimiento", escribe Rafael Duarte en su poema Manual de autodestrucción. Porque "la carne no resume sus deseos". Imposible resumir los fulgores de este Libro del vacío, última entrega del poeta singular de la Isla. Del que quería escribir lo que va confuso, lo sé, incompleto, probablemente inconexo pero lleno de mi admiración antigua. Duarte sueña los libros más que los imagina, como el torero sueña la faena del tercer toro de la tarde. Camarón fue cantaor que quiso ser torero como Duarte es poeta que quiso ser torero. Ser torero es el factor común. La vida es una faena mal hecha muchas veces, con un quite por chicuelinas escalofriante. Y una estocá sin necesidad de puntillero.

Rafael Duarte es grande, señoras y señores.

martes, 13 de junio de 2017

Mirad, mirad...



Foto Enrique Montiel




Ubrique... Mirad, mirad… La calle Botica... No es la única del esplendor ni de la maravilla de ese milagro blanco de la Sierra de Cádiz en donde hay la mayor concentración de talento por metro cuadrado de España.
Fot EM

Elogio de la blancura y la armonía: Ubrique


Fotos Enrique Montiel

domingo, 16 de abril de 2017

Hasta el año que viene


Soy más de Domingo de Resurrección que de Año Nuevo. Hoy debería terminar cada año. No por la emoción intensa de estos días, ni siquiera por la Resurrección del Señor. No. Porque estamos ya en la mitad de la primavera, las tardes son más largas, el sol más dulce y bello, y están volviendo las flores y las hojas verdes. La vida rebulle sin adentrarse en el invierno, que viene con su cohorte de estornudos y toses. Además que así se puede mirar con más alegría lo que hay que hacer. Es como ponerse unos deberes obligatorios. Esos propósitos que llega el verano y no se han cumplido, como adelgazar. O reconciliarnos con nosotros mismos, con los esquivos, los injustos, los enemigos. Porque el Cristo ha resucitado de entre los muertos y los esquivos, los injustos y los enemigos son las facies de la muerte.
Sí, soy más de hoy, de esta Resurrección, imagen y recordación de aquellos días negros de la Humanidad elegidos por Dios para reafirmar el misterio de su naturaleza. Y hacernos pensar. Más de la Resurrección de la Isla que de este mirar para atrás de algunos, nostálgicos de lo inexistente. Qué curioso, la vida, si lo miras de este modo, es un caminar por el desfiladero de lo inexistente. Digo que el pasado ya no existe, ni el futuro tiene existencia. Sólo hay presente, instante, el momento en que escribo estas palabras, hoy, con el Resucitado por las calles y ese aire de despedida de una Pasión vivida en la contemplación de las imágenes de un Jerusalén cañaílla.
Ahora empieza casi todo, Feliz Pascua de Resurrección, que el Año Nuevo nos sea propicio. Y todo lo parado, detenido, recluido, obstinadamente negado; todo lo deseado, aspirado, soñado empiece a cumplirse. Empecemos mañana mismo a darle cuerda a todos esos relojes parados, tomemos impulso para saltar hacia adelante. Decía San Pablo que debíamos querer a la mujer como a nuestro propio cuerpo. En San Pablo tomo inspiración para decir que deberíamos querer a San Fernando como a nuestra propia casa, nuestra patria más nuestra. Y enseñar esta forma de amor en las familias, en los colegios. Como a nuestra propia casa. No creo que sea necesario poner ejemplos de lo que digo.
Se irá apagando el sonido de los tambores, el dulce viento de las flautas, el estallido de las cornetas, la suave meditación de los clarinetes, bombardinos y trombones. Toda la música cesará esta misma tarde. Viene lo nuevo, llega la esperanza. A la que no deberíamos renunciar, ni ceder, ni no mirarla de frente. La Isla es nuestra casa, los isleños nuestros hermanos, amigos, hijos, padres, nietos. El pasado conservado y entregado por la providencia.
Feliz Pascua de Resurrección.

sábado, 25 de febrero de 2017

Calle Real / Ciudad esquiva



Esta semana la Isla ha perdido a uno de sus grandes artistas. El viernes se dio sepultura a Bernardino de Hoyos. Tengo ya años para ir haciendo las cuentas. Se han ido muchos creadores. Pintores, escultores, artesanos, narradores, poetas, fotógrafos, músicos. Bernardino fue el único publicista o, por lo menos, el más grande. Cuando esto ocurre, junto a la natural tristeza por la pérdida, siempre me asalta el mismo sentimiento: la ciudad se porta mal, San Fernando es cicatera y esquiva. Digo que no tengo conocimiento de que los sucesivos gobiernos de más de dos siglos se hayan preocupado por ir guardando todo lo que pudieran de estos hijos del pueblo. Por ejemplo Ángel Cousillas, extraordinario pintor. ¿Cuántos cuadros de Cousillas forman parte del patrimonio local? Nos dejó Fermín Salinas. Creo que puede que haya un par de obras, tan sólo. Las adquirió Urbanismo para sus instalaciones y para ayudar al pintor, que lo necesitaba y mucho. El Camarón de Alfonso Berraquero lo adquirió Loaiza, tengo entendido, para San Fernando. Casi 23 años después de erigirse el panteón del cementerio. ¿Cuenta la ciudad con manuscritos de Luis Berenguer, originales de sus obras? Ya no sé si existen las colecciones completas de Diario de Cádiz, Mirador de San Fernando y la plural prensa del siglo XIX. ¿Las colecciones de fotografías de Márquez Zarco están a disposición de los investigadores y público en general? El Archivo de Nicolás, que tantas imágenes podían enriquecer nuestro acervo cultural, ¿dónde se encuentra? Es como los Archivos privados, que algunos fueron a parar a los contenedores de basura.
¿Por qué somos así? No alcanzo a comprenderlo. ¿Hay un fondo de publicaciones de autores isleños en las bibliotecas de la ciudad? Invito a las autoridades municipales a comprobarlo, y remediarlo. Vivimos un carpe diem brutal, no pensamos en el futuro. Ni en el pasado. Es un angustioso presente, el famoso principio operativo de los flamencos del pasado: aceitunita comía, huesecito fuera. ¿El ahorro, el futuro? Casi la póliza de deceso y porque la heredamos de nuestros padres, que se preocupan de eso. Durante décadas no tuvimos que salir de este paraíso que es la Isla a buscarnos el pan. Había fábricas que daban trabajo, un orgullo heredado de ser de aquí. ¿El arte, los artistas, los creadores? Vuelva usted mañana.
¿Estamos a tiempo de empezar por Bernardino de Hoyos, tan buen artista en lo suyo? Adquiramos todo lo que podamos de él. Y sigamos por Cousillas, Pepiño, Berraquero, Fermín Salinas, Antonio Mota, Manuel Caballero, Ricardo Galán… Nombren a un responsable de Patrimonio. Para que las Bibliotecas particulares, los Archivos de todo tipo, sean catalogados, incorporados a una ciudad tan esquiva e híspida muchas veces.