jueves, 24 de mayo de 2012

España en un poema: Borges





Hace unos meses, curioseando en una Exposición que sobre Borges había organizado el Ayuntamiento de Cádiz en la Casa de Iberoamérica, descubrí la hoja ajada de un periódico bonaerense – La Nación, creo- en donde el escritor había publicado un poema que tituló “España”. Lo recordaba vagamente, como tantas cosas de este autor prolífico y magnífico. Lo leí entonces con interés y atención. No había apenas gente a esa hora de la mañana visitando la Exposición ni disturbio otro que me distrajera. Ya entonces lo pensé, que escribiría un día sobre este poema, este autor.

No sé por qué pienso que esto nos define a los escritores. Son tantos los estímulos que nos llegan que necesitaríamos más de una vida y buena salud en todas para acometer las empresas. Como aquel deseo de entonces, tan sencillo como comentar este poema que, sin duda no ha pasado inadvertido a los estudiosos del argentino. Así que cuando nuestra directora me puso los deberes para mayo, en que debía dirigirme a mis compañeros académicos, la idea de esa mañana en la Casa de Iberoamérica me asalto y acepté gustoso preparar unas ideas para decirlas en el interior de nuestra Real Academia Hispano Americana.

Resulta en cierto modo perturbador pensar en voz alta –que es lo que yo pretendo hacer aquí- sobre las ideas que un connotado autor argentino, especialmente incisivo e inteligente, en estos tiempos convulsos. Me refiero, indudablemente, a la actualidad “nacionalizadora” del gobierno de aquella república. El mecanismo lo conocí de un modo diáfano contemplando con cada vez mayor asombro un documental de la televisión, realizado por argentinos en Argentina, sobre la “privatización” de una petrolera llamada YPF. Demoledor. Era un ejemplo de lo que podría calificarse como un Estado-Cleptómano o, sencillamente, como un gobierno ladrón y prevaricador que conoce el tiempo de la impunidad y la impunidad misma. Ya entonces pensé que una vez por aquí y otra por la contrario sería la forma empleada para perpetrar el robo. Privatizo y gano, nacionalizo y vuelvo a ganar. Y todo, por supuesto, lo visto con los oropeles de una patria falsa, inauténtica, descorazonadora. Quiero decir que lo hago apelando a los bajos instintos de la masa, que estudió Elías Canetti en su espléndida obra “Masa y poder”, y añado fotogramas a la película sin fin que alguno, con mucho acierto tituló: “La Patria, refugio de los canallas”.




¿Qué habría dicho Borges de todo esto?, me pregunté. Con asombro recibí la confesión de un viejo trabajador argentino con el que compartí parte de un viaje por Francia. Como confesándome un secreto al comentar el inmediato futuro de su país, con la presidenta Cristina Fernández a punto de ser reelegida, me dijo al oído:

¿Argentina? Pues como decía mi anciano padre allá en su hacienda de La Pampa. Un tipo con un caballo hizo este país y otro con dos yeguas lo ha deshecho.




¿Sería de Borges el resumen de dos siglos de Nación argentina? Es que siempre le atribuyeron estas iluminaciones entre crueles, sarcásticas, irónicas y clarividentes. Como aquella de cuando la penúltima tragedia del golpe militar y la terrible represión de tantos jóvenes, de tantos argentinos que fueron encarcelados, torturados y desaparecidos.

Dijo entonces el escritor ya ciego:

Se comieron (los milicos) a los caníbales.

Quedaba mucho más de una década para que la barbarie hiriera la profunda raíz argentina de Borges. Por aquel entonces, en el tiempo del poema “España”, Borges preparaba su importante libro de poemas El otro, el mismo, que vería la luz en 1964. “De los muchos libros de versos que mi resignación, mi descuido y a veces mi pasión fueron borroneando, El otro, el mismo es el que prefiero. Ahí están el “Otro poema de los dones”, el “Poema conjetural”, “Una rosa y Milton” y “Junín”, que si la parcialidad no me engaña, no me deshonran. Ahí están asimismo mis hábitos: Buenos Aires, el culto de los mayores, la germanística, la contradicción del tiempo que pasa y de la identidad que perdura, mi estupor de que el tiempo, nuestras substancia, pueda ser compartido”.




También su poema “España”, podríamos añadir. Y una reflexión que nos resulta en cierto modo extraña con su endiablada capacidad para los espejos y los arcanos, los misterios y los jeroglíficos. “Es curiosa la suerte del escritor –resaltó en aquél prólogo. Al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad”. Se sinceró aun más en este pórtico a tan importante poemario, el libro de sus preferencias. Cuando escribió: “Menos que las escuelas, me ha educado una biblioteca –la de mi padre-; pese a las vicisitudes del tiempo y de las geografías, creo no haber leído en vano aquellos queridos volúmenes.”

Quedaban años y vueltas de la rueda de la Historia –sobre su amada Buenos Aires, su patria Argentina y su propia vida- para aquellos versos definitivos:

Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
A mí me enorgullecen las que he leído.
No habré sido un filólogo,
no habré inquirido las declinaciones, los modos, las laboriosas
mutación de las letras,
la de que se endurece en te,
la equivalencia de la ge y de la ka,
pero a lo largo de los años he profesado
la pasión del lenguaje.
(…)

El poema se llama Un lector y forma parte de su libro de 1969 Elogio de la sombra, título que toma nuestro autor del poema de este nombre, tan conocido:

La vejez (tal es el nombre que otros le da)
puede ser el tiempo de nuestra dicha.
El animal ha muerto o casi ha muerto.
Quedan el hombre y su alma.
(…)

Son muchas las concordancias que podría traer aquí, si dispusiera del tiempo conveniente, para presentar un marco adecuado sobre el autor y la obra. Ni mi capacidad ni el tiempo que necesitaría –insisto- me lo permiten. Por ello me apresuro a esbozar la idea, que no preceptiva ni dogma de fe alguna, de lo que me gusta denominar como “concentración de las significaciones”. El poema en este tenor lo es en su grado máximo. Todo está resumido, o dibujado, o presentado en la mayor economía posible de palabras pero, al mismo tiempo, en el espacio más abierto y diáfano de los contenidos. Se produce en ocasiones, cuando acaban siendo felices los poemas, la obra está acabada de perfecciones. En estos casos, apenas unos versos pintan algo más del decorado del sentimiento de la vida. Es lo que le ocurre al poema que nos convoca: España.

Es uno de los centrales, en mi opinión, de su El otro, el mismo. Porque Borges aborda un asunto que había sido central en los años anteriores y motivo de muchas disputas intelectuales entre partidarios y detractores. Aún es reciente la triste definición que de la patria farfulló nada menos que su presidente, cuando en un alarde de intrépida insensatez afirmó que era una realidad “discutida y discutible”. Borges, en los años 60 del siglo pasado le habría dado otras claves cognitivas, emocionales e intelectuales. En este poema resplandeciente.

Más allá de los símbolos,
más allá de la pompa y la ceniza de los aniversarios,
más allá de la aberración del gramático
que ve en la historia del hidalgo
que soñaba ser Don Quijote y al fin lo fue…
(…)

¿Qué se nos prepara con estos descartes tan cartesianos? Porque suena a colofón lo que es principio, suena a nada importante lo que podría tenerse por tal. Se arrinconan los símbolos, se ultima la pompa y la ceniza de los aniversarios (que es cuando se conmemora, se recuerda “juntos”, se ensalza y se sitúan los hechos en el centro de nuestra sensibilidad… ) y se llama “aberración del gramático” a quien ve la historia del hidalgo que soñaba ser don Quijote… y al fin lo fue “no una amistad y una alegría sino un herbario de arcaísmos y un refranero” (¡!)

Borges, tras este prólogo y principio del poema, sitúa a España:

“estás, España silenciosa, en nosotros.”

La verdadera España es la que silenciosamente está “en nosotros”. Curioso, cuando menos, que el poeta –que es siempre la primera persona del verbo, el sujeto omnipresente y omnisciente, el dios de sí mismo juanramoniano- se desdoble en un sujeto múltiple, en un nosotros como lugar inevitable de una estancia que define silenciosa, una esencia de la fusión en la íntima consciencia de lo que se es, de lo que se posee y de lo que se ha recibido en herencia inmaterial de los siglos.

La España silenciosa borgiana empieza, tras ser enunciada, a ser definida:

España del bisonte, que moriría
por el hierro o el rifle,
en las praderas del ocaso, en Montana,
España donde Ulises descendió a la Casa de Hades,
España del íbero, del celta, del cartaginés, y de Roma,
España de los duros visigodos,
de estirpe escandinava,
que deletrearon y olvidaron las escritura de Ulfilas,
pastor de pueblos,
España del islam, de la cábala




Salta el poeta, sin continuidad, de la relación de elementos que vienen de la historia mítica a la historia germinal, definiendo un panhispanismo geográfico, histórico y filosófico, a un verso inaugural, definitivo:

y de la Noche Oscura del Alma

La España del islam “y de la cábala” es también la España “de la Noche Oscura del Alma”. Se da, pues, en dos versos una verdadera concentración de significaciones que fueron en ese tiempo, precisamente, pero también antes y después, origen de disputas sin fin de conspicuos historiadores e intelectuales que reflexionaban sobe el ser y el tiempo de España.

Es un deslumbramiento inesperado tras las prevenciones iniciales que tiene una continuidad más o menos previsible:

España de los inquisidores,
que padecieron el destino de ser verdugos
y hubieran querido ser mártires,
España de la larga aventura
que descifró los mares y redujo crueles imperios
y que prosigue aquí, en Buenos Aires,
en este atardecer del mes de julio de 1964

El poeta se da un respiro, hace uso de un adarme de la inteligencia poética, da una pista, sitúa la voz que habla cuando arroja la mirada crítica sobre lo que había sido aquella larga aventura: reducir crueles imperios.

Se trata de una exoneración inesperada pero al mismo tiempo de una personación en el espacio de la crítica y el entendimiento de una realidad que ya entonces empezaba a emerger en lo que acabaría llamándose América Latina y los focos de indigenismo enfrentados a quienes definió la Constitución de Cádiz como “españoles del otro hemisferio”. Reducir crueles imperios, tres palabras que define una actitud y una percepción que ya hoy sabemos que es borgiana químicamente pura.

Vuelve la lírica, la veta lírica del poema, en los siguientes versos:

España de la otra guitarra, la desgarrada,
no la humilde, la nuestra.
España de los patios,
España de la piedra piadosa de las catedrales y santuarios,
España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad,
España del inútil coraje,

La mirada amable del poeta, sus palabras resonantes, verdaderos precipitados de afectividad innegable, zigzaguea de pronto, para preparar el resumen de muchas intuiciones, el colofón de muchas ideas.

Podemos profesar otros amores,
podemos olvidarte
como olvidamos nuestro propio pasado,
porque inseparablemente estás en nosotros,
en los íntimos hábitos de la sangre
en los Acevedo y los Suárez de mi linaje
España,
madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones,
incesante y fatal.

¿De qué ha hablado el poeta? Nos preguntamos: Cuando nos hemos repuesto de la sorpresa, ¿de qué ha hablado el poeta? ¿En qué universo, bajo qué premisas, en cuáles coordenadas, a requerimiento de quién o de qué cosas? ¿Incesante y fatal? ¿A que hace referencia, si lo incesante es también fatal qué significa fatal, de que etimología procede la intuición, esta palabra terminal de un poema que nos ha llevado y traído de la sorpresa a la sorpresa mayor, del deslumbramiento al ensimismamiento?

Los Acevedo y los Suárez del linaje de Borges actúan por la sangre con hábitos íntimos, dice el poeta. Por eso se pueden profesar otros amores y se puede olvidar… Pero todo está inseparablemente en nosotros

En efecto, la concentración de las intuiciones y los conocimientos tiene su explosión final en una metáfora caudal y genesíaca, y en una esencia inalterable, aunque pueda olvidarse.

Se trata de un poema, nada menos podríamos decir, pero atentos a estos versos que describen y circunscriben algo que ya no es un territorio acotado, ni un tiempo histórico inaugural o final, sino un acumulado de hechos, circunstancias y sueños traídos de la mano, inesperadamente, por un poeta distinto, un escritor de bibliotecas despegado y ciego.

España cabía en un poema, España fue un poema escrito un atardece de julio de 1964. Nosotros, muy a menudo, hacemos buenas las palabras que precipitaron el fin de esos versos: Hemos podido olvidar nuestro propio pasado pero sabíamos que inseparablemente estaba en nosotros ese pasado que pudimos olvidar.



Imaginarán que no agotó Borges las referencias a España en su extensa obra. Unas veces son implícitas las referencias, tangenciales, y otros explícitas. El poeta que siempre aletea en Borges, además, sabe encuadrar dichas referencias en las zonas de mayor significación, emoción y compromiso.

En un poema de su último recopilatorio llamado El oro de los tigres, llamado El Advenimiento, un poema complejo en donde se fantasea o reflexione sobre los orígenes

Soy el que fui en el alba, entre la tribu.
Tendido en mi rincón de la caverna,
Pujaba por hundirme en las oscuras
aguas del sueño. (…)

En este poema, quería decir, se desliza al final un nombre mítico y mágico, y real, de los orígenes. Escribe Borges:

Era como si nunca hubiera visto,
como si hubiera estado ciego y muerto
antes de los bisontes de la aurora.

Añade:

Pisotearon un perro del camino;
lo mismo hubieran hecho con un hombre.
Después los trazaría en la caverna
con ocre y bermellón. Fueron los Dioses
del sacrificio y de las preces. Nunca
dijo mi boca el nombre de Altamira.
Fueron muchas mis formas y mis muertes.

Nunca dijo mi boca el nombre de Altamira. ¿Qué nos quiere decir Borges con esta afirmación de la negación de haber pronunciado el nombre arcano de una cueva de los orígenes que muchos -en la magia- atribuyen a la España primigenia? El poeta hace esta afirmación voluntaria porque voluntaria mente deja Altamira en la frontera de sus muchas formas y sus muchas muertes.



Ocurre, quizá, que en nuestros días Altamira no es considerada el origen mítico de una nación que es una patria y un territorio de la sensibilidad en expansión continua. Los anhídridos carbónicos no han sido los únicos culpables sino los desconocimientos de voces como esta de ahora que traigo aquí desde la otra orilla del idioma para reivindicar una patria originaria, teleológica; una patria de la sangre –los íntimos hábitos de la sangre- que Borges limita a dos estirpes por ser las suyas –los Acevedos y los Suárez de mi linaje- de quienes resumía:

España,
Madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones,
Incesante y fatal.


Muchas gracias.


Enrique Montiel Sánchez

San Fernando, mayo de 2012

(Conferencia pronunciada en la Real Academia Hispano America el 23 de mayo de 2012)

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