jueves, 26 de diciembre de 2013

Palabras para un Maestro de la Guitarra Flamenca



Se cuenta, al modo de las grandes hazañas, al modo de una épica del arte que siempre acompaña al Flamenco, que Francisco Sánchez Gomes, conocido en el siglo como Paco de Lucía, no falló ni una sola nota del Concierto de Aranjuez, del maestro Joaquín Rodrigo, cuando actuó de solista en el Teatro Real. El “purismo” musical se había llevado las manos a la cabeza, pero el de Algeciras quiso hacer la hombrada. Y lo logró. No se trataba de armonizar unas cuantas falsetas, darle velocidad a la mano, tocar con rabia y dolor... Lo de Paco de Lucía, a su modo, fue un éxito parecido al que siempre se atribuyó Antonio Mairena a sí mismo, “haber llevado el Flamenco a la Universidad”.

Algo parecido podríamos decir de otro excepcional guitarrista flamenco, Francisco López-Cepero, conocido en el siglo por Paco Cepero. El de Jerez no lo hizo con obra ajena, como el maestro de Algeciras, lo hizo con obra propia, compuesta por él, memorizada por él e interpretado por él: La Suite Gades, su contribución generosa y apasionada a Cádiz y a su Constitución bicentenaria, la primera Carta de Libertad de los españoles “de ambos hemisferios”.

Tuve el privilegio de asistir a su estreno mundial, en la ciudad de Cádiz y en su Gran Teatro Falla, acompañado de la Orquesta de la Ciudad de Córdoba, magnífica como es sabido.

En aquella ocasión, el nuevo Académico de la Real de San Dionisio, Medalla de Oro de las Bellas Artes, Excmo. Sr. Don Francisco López-Cepero, no memorizó la música de nadie sino que interpretó su propia música, compuesta por él mismo en su casa jerezana de la calle Encaramada, en el barrio de San Miguel. De principio a fin, del hilo al pabilo, de la primera a la último corchea, fusa, semifusa, blanca, negra... Un asombro si bien se mira toda vez que nuestro Académico no “sabe” música al modo en que se suele hablar de quienes no componen escribiendo en otro papel pautado que no sea el de su corazón y el movedizo e inaprensible de la memoria.

Entonces, y ampliando en la épica de la música flamenca, estamos hablando de una proeza que sólo conozco en el Arte. Porque, por mor de esta Suite Gades, compuesta por Cepero como homenaje a la gran aventura para la libertad que fue 1812, la Constitución de Cádiz, Francisco López-Cepero se ha situado en el mismo escalafón en el que están Turina, y Granados, Falla o Albéniz. Más que nada porque por ahí ha vibrado su inspiración, en esa trayectoria que nos identifica, nos hilvana en la sensibilidad y en el buen gusto.

No crea el lector que es un exceso de mi admiración por Paco Cepero y si lo creen, sólo se equivocan en una cosa, en el exceso que no en la admiración, que es antigua y siempre creciente, siempre sorprendida, siempre completa. Parecerse no es ser igual, innecesario me parece abundarlo.

Huyo siempre tanto, en ocasiones como esta, de la lectura sin alma de los datos biográficos desnudos que hago lo que sé, escribo como si escribiera otra historia, pongo desorden en el modo de ordenar las circunstancias de la vida. Porque sí, es conveniente decir que quizá empezara todo cuando se presentó voluntario a un coro de su colegio de los Hermanos de la Salle, o cuando doblegó la voluntad de su padre, que quería que “estudiara”, que no se dedicara al “Arte”, que ya sabemos lo que era el Arte en general y el Flamenco en particular hace 60 años, o sea, en la España de los años 40, y 50... Y 60.

Pero sí, es un hito inicial, como hito inicial fue el tiempo, poco tiempo, que estuvo dando clases de guitarra con Molina o Rafael del Águila (a quien tiene por maestro), una vez logró doblegar la resistencia de su padre, que quería que estudiase...

Y de su colegio de La Salle a Rafael del Águila se da el salto a esa primera vez en que lo suben a un escenario a tocar. Seguro estoy que el propio Paco Cepero. Yo sólo quisiera recordar lo que a tan pundonoroso y exigente (consigo mismo) primer Paco Cepero hizo sufrir el empinado aprendizaje del compás. Del compás de Jerez.

Quizá entonces no sabía el hoy Académico Paco Cepero que sin compás no hay música, buena música, quiero decir. Y que en la música flamenca, en el Flamenco, el compás es el tornasol inesquivable, la definitiva prueba del algodón, como se diría muchas décadas después a la prueba de las pruebas de la veracidad de algo. Curioso resulta, y paradójico, que quien hoy es considerado como uno de los guitarristas de acompañamiento más enduendados y de mejor compás empezara la andadura con tan exigente compaña.

Hoy nuestro amigo, el Excmo. e Ilmo. Sr. don Francisco López-Cepero, por Medalla de Oro de las Bellas Artes y por Académico Correspondiente de esta Real Corporación, el admirado Paco Cepero, es un músico múltiple. Quizá esta definición sea la que mejor explica su compleja personalidad y arquitectura artística. Que se desdobla en los siguientes: Guitarrista flamenco de acompañamiento, Guitarrista flamenco solista, Compositor e intérprete de guitarra sinfónica, compositor de canciones... Y cantante. Cantante para la intimidad de su casa, para la intimidad de los amigos, para la intimidad del público cuando el artista ha hecho abstracción, precisamente por ese público, del espacio real por el espacio de la intimidad de la que hablo.

En cada faceta, en cada arista de sus poliédrica condición artística está el correlato de su biografía. Quiero decir que por empezar a ser un muy buen guitarrista de acompañamiento se lo llevó Caracol a su tablao madrileño. Jerez entonces empezó a ser la nostalgia de su son, la tierra de sus padres, el hogar de Chari, su novia, el amor de su vida. Pero Madrid a Paco Cepero, como a tantos artistas -de Jerez y de toda la geografía flamenca de España- le sirvió para otear un horizonte en el que las cosas empezaban a cambiar...

En Madrid Paco Cepero tiene acceso a la televisión, en donde graba con algunos de los cantaores más importantes de ese tiempo y, desde Madrid, abierta la época de los festivales y los viajes por el mundo, nuestro guitarrista está en los festivales y viaja por Europa y América (de norte a sur), se encuentra con otros paisajes, otra riqueza, otros sones... Y se empieza a buscan en los adentros de su corazón lo que, andando el tiempo, le daría fama, respetabilidad y holgura para tener la vida digna a que todos aquellos artistas expatriados de sus pueblos andaluces tan sobrados de compás y arte como falto de todo lo demás aspiraron cuando cogieron ese primer tren que los dejaría en Atocha. En efecto, el joven Paco Cepero llamado por Caracol a su tablao, quizá no sabía entonces que en estado embrionario esperaban cientos de canciones que compondría para los más importantes cantantes de vario género de España, desde Julio Iglesias a Rocío Jurado, de Chiquitete a Lolita...


Decía antes que cada facies de su rica personalidad se corresponde a una parte de la biografía, de la lineal experiencia de su vida. Así podemos enmarcar el tiempo de tres discos solistas, sus primeros tres discos solistas -Flamenco de pura cepa, Abolengo y Corazón y bordón- a la vuelta a los orígenes, a su asentamiento en El Puerto de Santa María, frente al mar, su vuelta a Jerez, a la calle Encaramada, en San Miguel, donde nació . Es cuando comprende que aquí estaba su música, lo que él quería hacer desde hacía mucho. El Cepero vislumbrado en sus geniales toques de acompañamiento a los grandes del Flamenco del siglo XX -todos, desde Tío Borrico y La Paquera a Turronero o Camarón- estaba exigiendo al Cepero del éxito de sus canciones la construcción del universo sonoro que lo identificara... El artista sexagenario está empezando a pensar en legado flamenco, en herencia. En la otra herencia. Se llaman ya felizmente Flamenco de Pura Cepa, Abolengo y Corazón y bordón. Nada tan Cepero como esos discos. La propia vida, todo lo aprendido, lo soñado, lo sufrido, lo vivido está en estos tres discos maravillosos.


Qué verdad tan innegable que el artista que no se parece a sí mismo es copia de otro artista distinto y original. Cepero es Cepero puro en estos discos. Ahí está su “dedo gordo” famoso, su quiebro de delicadeza exquisita, su arrebato y ensoñación, su romanticismo y su pasión desbordada. No es necesario tener el oído diplomado para percibir tras el primer arpegio, el primer punteo, la falseta inicial que de Cepero se trata. Y la fácil dificultad de su rápido recorrido por las cuerdas de su guitarra llena siempre de duende y maravilla.

En esas estaba cuando lo llamamos Santiago Donday y yo para grabar Morrongo. Vino a Cádiz con su guitarra en la funda y su andar característico. No exigió nada. Fui el productor de ese disco maravilloso. Gracias a la generosidad y el arte de Paco Cepero, que condujo por el sendero adecuado a uno de los cantaores más ásperos y difíciles del Flamenco gaditano universal y, por suerte, hoy está ese disco.

Porque a pocos conozco tan aficionados al verdadero y genuino flamenco como Paco Cepero. Por eso su dos últimos de acompañamiento llevan los nombres de Rancapino y de Donday, dos grandes artísticas, dos grandes cantaores personales, únicos.

Y el siempre desasosegado Paco Cepero bullía para alumbrar algo que sólo conocíamos unos cuantos cercanos. Llegamos pues al final por el principio. En el fondo todas nuestras biografías son espacios circulares. Los premios, los reconocimientos, los homenajes (alguno falta de un modo sobresaliente, la predilección de Jerez por Paco Cepero, que se merece como pocos...) fueron llegando, siendo el momento culminante la entrega por Su Majestad El Rey de la Medalla de Oro de las Bellas Artes.

Ambicioso, como debe ser un artista, de arte, Paco Cepero quería componer una obra para Guitarra y Orquesta. Una obra sinfónica.


Finalmente un músico es un músico. Y Paco Cepero es un músico. Era lógico que quisiera una obra de más largo aliento. Eligió el modelo de Suite para Guitarra y Orquesta, y la inspiración en una ciudad que forma parte de su biografía, porque él la ama, le llena el alma de aromas de mar y viejos compases flamencos y carnavalescos. Miró el horizonte cercano del bicentenario de la Constitución y los dos siglos de flamenco que había heredado en las voces de los viejos maestros, como Tío Borrico, Paquera, Caracol... Se le aparecieron ya en su casa jerezana. A medida que avanzaba en las melodías e imaginaba la orquestación, creaba en definitiva su obra sinfónica, se sentía más firme y seguro, se convencía de que estaba construyendo la perla de una herencia múltiple, su Música. Es el punto y seguido, que no final, de una vida pletórica, rica, artística. Ningún discurso mejor que la propia música, el verdadero ser de este artista excepcional.

1 comentario:

Leonor dijo...



Con las fusas en la memoria.

Un placer pasar por tus letras y conocer más sobre este artista.

Un abrazo.

Leonor