domingo, 16 de abril de 2017

Hasta el año que viene


Soy más de Domingo de Resurrección que de Año Nuevo. Hoy debería terminar cada año. No por la emoción intensa de estos días, ni siquiera por la Resurrección del Señor. No. Porque estamos ya en la mitad de la primavera, las tardes son más largas, el sol más dulce y bello, y están volviendo las flores y las hojas verdes. La vida rebulle sin adentrarse en el invierno, que viene con su cohorte de estornudos y toses. Además que así se puede mirar con más alegría lo que hay que hacer. Es como ponerse unos deberes obligatorios. Esos propósitos que llega el verano y no se han cumplido, como adelgazar. O reconciliarnos con nosotros mismos, con los esquivos, los injustos, los enemigos. Porque el Cristo ha resucitado de entre los muertos y los esquivos, los injustos y los enemigos son las facies de la muerte.
Sí, soy más de hoy, de esta Resurrección, imagen y recordación de aquellos días negros de la Humanidad elegidos por Dios para reafirmar el misterio de su naturaleza. Y hacernos pensar. Más de la Resurrección de la Isla que de este mirar para atrás de algunos, nostálgicos de lo inexistente. Qué curioso, la vida, si lo miras de este modo, es un caminar por el desfiladero de lo inexistente. Digo que el pasado ya no existe, ni el futuro tiene existencia. Sólo hay presente, instante, el momento en que escribo estas palabras, hoy, con el Resucitado por las calles y ese aire de despedida de una Pasión vivida en la contemplación de las imágenes de un Jerusalén cañaílla.
Ahora empieza casi todo, Feliz Pascua de Resurrección, que el Año Nuevo nos sea propicio. Y todo lo parado, detenido, recluido, obstinadamente negado; todo lo deseado, aspirado, soñado empiece a cumplirse. Empecemos mañana mismo a darle cuerda a todos esos relojes parados, tomemos impulso para saltar hacia adelante. Decía San Pablo que debíamos querer a la mujer como a nuestro propio cuerpo. En San Pablo tomo inspiración para decir que deberíamos querer a San Fernando como a nuestra propia casa, nuestra patria más nuestra. Y enseñar esta forma de amor en las familias, en los colegios. Como a nuestra propia casa. No creo que sea necesario poner ejemplos de lo que digo.
Se irá apagando el sonido de los tambores, el dulce viento de las flautas, el estallido de las cornetas, la suave meditación de los clarinetes, bombardinos y trombones. Toda la música cesará esta misma tarde. Viene lo nuevo, llega la esperanza. A la que no deberíamos renunciar, ni ceder, ni no mirarla de frente. La Isla es nuestra casa, los isleños nuestros hermanos, amigos, hijos, padres, nietos. El pasado conservado y entregado por la providencia.
Feliz Pascua de Resurrección.

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