domingo, 24 de abril de 2016

Ayer, 23 de abril de 2016


Ayer Luis Berenguer me leía Tamatea novia de otoño en su casa de la calle Real, la casa de su suegro don Rafael Monzón, magistrado de lo Laboral. Ni podía imaginar que dos días después estuviera luchando contra su propia muerte, que lo venció a las doce de la noche, sentado en el salón de su casa. Ayer fue el 12 de septiembre de 1979, mi hija May tenía unos pocos meses, cuando volví a casa dormía. No recuerdo exactamente quién, días después, me dijo lo que todavía no he logrado superar, que Luis Berenguer, mi amigo y mi maestro, había muerto. Le dieron sepultura por la mañana y por la tarde contraía matrimonio el poeta Juan Mena. Juan Mena también era muy querido por Luis Berenguer, lo admiraba ciertamente. Bajo la conmoción de la mañana estuve en la iglesia del Carmen, donde se caso mi querido Juan con Eusebia. De emoción en emoción. También ayer recordé esa boda de septiembre de 1979. Ayer recordé muchos recuerdos de mi vida, como la forma resignada que Pepe González Barba solía emplear para su casa: Villa Humos. González Barba fue un figura muy importante en mi vida de escritor y en la vida de muchos escritores de la Isla. Fue un gestor cultural de primera, desprendido y generoso. Durante años participó activamente, en primer plano, de todo lo que culturalmente se animaba en San Fernando. Escribía bien, hablaba bien, era un hombre humilde y sencillo. Con una gran biblioteca, una gran cultura. Ayer lo recordaba junto a Germán Caos Roldán. Germán era la vocación inmarchitable. No he conocido a ningún escritor con más voluntad de ser, más letraherido que Germán Caos. Fue un hombre magnífico y con los pies en el suelo. Juan José García Sánchez, que también recordaba ayer, era otro escritor de la ciudad del medio siglo que poseía una vocación de acero por la Poesía. Hombre pausado, bondadoso, vivía en un Parnaso propio con domicilio en su casa de la calle Ancha. No era Juan Mena, claro, ni aquel Rafael Duarte desbordado al que de vez en cuando le llegaban metáforas deslumbrantes. Duarte y Mena agavillaban a cuantos se fueron acercando a la Poesía, a la Literatura. Y publicaban ayer cuidados poemarios en humildes revistas, pionera de las cuales fue Erytheia, que hacía Julián Blasco Moyano, que también escribía muy bien y dinamizó a su modo la literatura cañaílla. Antonio González Muñoz seguía desde Conil el curso de los acontecimientos literarios desde una Librería-Papelería a la que quiso llamar La Cañaílla, lo cual que no era sólo un guiño. Por entonces no había llegado ni Antonio Bocanegra Padilla ni sus poemas de Ronda, súbita invasión. José María Hurtado no había empezado a publicar sus archivos y dos mujeres distintas, Amparo Gordillo y Soledad Lozano irrumpían en el panorama con sus poemas. Puede que Puri Galán hubiera sido la pionera de esta generación.

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