sábado, 19 de septiembre de 2015

Calle Real / En términos de compromiso


Los historiadores que han sabido narrar con arte y veracidad lo que fue el asedio napoleónico sobre la Isla dejaron el dibujo acabado de un tiempo decisivo. Releo. ¿Habré sabido decir lo que realmente me gustaría saber decir? Un dibujo acabado de un tiempo decisivo. Nunca hasta esos primeros días angustiosos la guerra había estado tan cerca de la Real Isla de León. Otras guerras habían dado zarpazos terribles, en Cádiz, no en la Isla. Esta vez estuvieron muy cerca las bocas negras de los cañones, las bayonetas, los fusiles. Todo el gran aparato militar de la mayor potencia europea del momento. Pero hombres decisivos lograron frenar el imparable avance francés, hombres heroicos los detuvieron. A sangre y fuego. El excepcional hecho se simultaneó con la hercúlea tarea de construir una Nación que ya existía: España. Lo iniciaron otros hombres providenciales llegados de los confines de un antiguo Imperio en donde no se ponía el sol. Y lo hicieron, lo empezaron a hacer, en un pequeño teatro de comedias, un edificio cuasi cuadrangular, de muros humiles y escenario de época. Ese modestísimo teatro cómico albergó las Cortes Constituyentes del Reino de España.
No hay espacio aquí para resumir siquiera lo que significó realmente las dos caras de la moneda que se fundía en la Real Isla de León, defendiendo la tierra no ocupada por los generales napoleónicos y soñando una Constitución que perseguía la felicidad de los españoles poniendo en la frente del Estado la verdad incuestionable de que España no podía ser de ninguna familia ni persona, sino de los españoles que la habitaban.
Sólo esto que digo, leído en términos de compromiso con la historia, nuestra propia historia, debería movilizarnos hacía un deber ineludible: difundir, aventar este grano que tuvo tan zigzagueante discurrir hasta ser aplastado por un sistema político, al frente del cual un Rey traidor, cruel y tóxico nos llevó a un siglo de guerras civiles. Es un trabajo de todos y creo que todos estamos dispuestos a meter el hombro para lograrlo. Sólo se requiere de un impulso unificador y una voluntad más allá de ideologías, ideas y partidos. Porque España fue la Isla, no una isla, la Real Isla de León. Y aquí se defendió su dignidad y se construyó, se intentó cuando menos, el Estatus político que se necesitaba. Y al que no se le dieron oportunidades, por cierto.
¿Qué habría que hacer? Con motivo del Bicentenario de aquellos días un consejero de la Junta de Andalucía, Luis Pizarro, gaditano de Alcalá de los Gazules, la bellísima localidad serrana, se afanó en que el solar del heroísmo y de la sangre derramada dejara de ser una chatarrería y otras cosas digamos poco nobles. Se invirtió en un proyecto de restauración y rehabilitación de las defensas. Cinco años después no se ha terminado. Ni, por tanto, se ha podido poner al servicio de aquella efeméride. Queda casi todo por hacer. Y en términos de compromisos, Alcaldesa. Estoy seguro de que lo sabe.

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