miércoles, 30 de abril de 2014

Santos / El Pinsapar



SOY muy de Pablo VI. Digo que detesto a los curas que riñen a los que vamos a misa. Si Dios no es Amor, no es Dios. Si Dios no es un Padre amoroso, no es Dios. La religión - o sea, el modo de relacionarse el hombre con Dios- que no es una religión de Amor, es otra cosa. Ya tengo muchos años, he visto muchas cosas. No pretendo arrogarme los poemas de León Felipe. Ni de ningún otro. Ni le doy a la caza alcance ni afirmo que es un no sé qué que queda balbuciendo. Sencillamente pido misericordia, piedad y perdón. Lo que esta tierra niega por sistema lo pido para el cielo que nos tiene prometido. Llegar allí es hacerlo a los brazos de un Padre eterno, el Padre por excelencia. Lo demás, que sea lo que sea. O sea, lo que Dios quiera.

Pablo VI era ese hombre bueno que no se parecía a aquellos curas terribles de mi infancia, a muchos de ellos. No sé si fue un santo. La Iglesia no lo ha proclamado pero tampoco ha negado que fuera ese hombre bueno que desarrolló el Concilio Vaticano II, del que siempre se está hablando. La mejor oración, el Padre Nuestro, nos dice que hagamos lo que Dios quiere que hagamos. No entendí nunca una burocracia celestial de acciones tasadas al modo que lo han entendido muchas beatas sempiternas: "¿Cómo puede ser que esa (cualquier esa) vaya al mismo Cielo que yo si yo me he sacrificado y ella no, todo el mundo lo sabe?" Tampoco me gusta pedir, aunque sé que si se pide se nos dará. Imagino un clamor inmenso como una pajarería interminable de peticiones. Dios sabe lo que uno necesita aunque uno no comprenda casi nunca lo que Dios nos dice. Es lo que decía mi madre, ponerse en sus manos.

Me asaltaban estos pensamientos viendo la liturgia de los santos ayer en el Vaticano. Dos papas presentes en la ceremonia de santificación de dos papas ausentes. Ninguno era Pablo VI, el papa amoroso al que guardo mi más hondo sentimiento de afecto. Eran Juan XXIII, llamado con razón el Papa Bueno, y Juan Pablo II, un verdadero titán de la fe. La Iglesia, que es quien puede, los ha declarado santos. El campesino Roncalli y el polaco Wojtiwa forman parte ya de toda una letanía muy larga que se reza en las solemnidades. Un papa argentino en presencia de un papa alemán ya emérito presidió la ceremonia de santificación. Mucho más que un símbolo. Venimos de una historia muy larga, muy llena de meandros y de tragedias, una historia tal vez incomprensible para muchos.


(Publicado en Diario de Cádiz, 29 de abril de 2014)

domingo, 27 de abril de 2014

Don Cayetano Roldán


Años después, casi una vida después, San Fernando acuerda poner un busto de don Cayetano en una barriada de su pueblo, que ya llevaba su nombre. Don Cayetano Roldán es más que un nombre en esta ciudad, es la representación de un martirio, el ejemplo de la crueldad máxima de las guerras civiles.

Fue un médico bueno, generoso, entregado a los pobres. Digo que la ciudad guarda la memoria de sus buenas obras, los hijos de los testigos de su bonhomía todavía refieren lo que oyeron de sus padres y abuelos.

Elegido alcalde durante la II República, al inicio de la rebelión militar fue encarcelado, junto a sus tres hijos varones. Pocos meses después fueron fusilados. Primeros los hijos, más tarde el propio don Cayetano. El menor de los cuales no tenía 17 años.

No hay que buscar motivos, era el odio que dividió a España durante la guerra civil. Y tal vez el miedo. Nombres propios y nombres de ciudades y pueblos llenan la página negra de esa historia terrible, la historia del odio y del miedo, acaecida en la España de los años 30.

Lo fraterno, esta matanza de hermanos, este crimen de españoles perpetrados por españoles, hace distinta la crueldad, la ausencia de piedad y misericordia de los bombardeos sobre las ciudades inglesas, alemanas, japonesas.

Aquellos civiles inocentes masacrados por todas las bombas se volatilizaron en el humo y el estruendo pero la sangre derramada, cercana, los cadáveres sepultados en un fosa común fueron los cadáveres asesinados de nuestros vecinos, de nuestros amigos, de nuestros padres y hermanos.

Este busto que finalmente se pondrá en nuestra ciudad, en la barriada que lleva su nombre, es la resurrección de lo que nunca debió morir ni ser matado: el busto de don Cayetano Roldán será el busto de todos los fusilados en San Fernando durante los años de plomo, los años crueles.

Nunca nadie pudo poner una gota de sangre en las manos de este médico bueno de la ciudad. Murió por sus ideas republicanas. Y sus hijos murieron un mucho por el simple hecho de serlo: hijos de don Cayetano Roldán. Otros hijos de esta ciudad tuvieron muertes crueles y despiadadas, en Cartagena, en otras geografías de la maldad y de la muerte incivil. Han pasado los años y ahora tiene que venir de verdad una reconciliación completa. No quiero otra herencia ni ninguno deberíamos quererla. En la primavera que ahora nos alumbra ya sólo quiero ver el busto de aquel mártir y conocer los nombres y circunstancias de sus asesinos para que no queden impunes. Es lo más doloroso de estas contiendas del odio, la impunidad de los asesinos, de todos los asesinos.

El busto de don Cayetano va a representar de verdad la reconciliación con el pasado, la justicia con el inocente derribado. Todos los inocentes derribados en aquella España terrible.


(Publicado en Diario de Cádiz, 27 de abril de 2014)

sábado, 12 de abril de 2014

Tumba de Shostakovich...

Primavera en la puerta de mi casa

(Fotos EMS)

Cadiz, el mar de la Alameda

(Fotos EMS)

Palmas desaparecidas / El Pinsapar


En el bullicio infantil de esto Domingo de Ramos se superpondrá el domingo imaginario en el que unos niños son contemplados por sus padres portando la alegría de las palmas en la procesión de La Borriquita. No es un recuerdo vívido, no, es una imaginación más de esos familiares que se manifestaron el otro día en la Plaza del Rey de España con su testimonio de dolor escrito en unas pancartas y su petición desesperada de ayuda para que encuentren a sus hermanos, a sus hijos, a aquellos bebés robados en los paritorios, los blancos ataúdes vacíos y la impunidad.

Siempre hay un envés de la alegría, es la mosca impertinente, la nube negra, el pariente sin gracia, la desgracia por venir. Los bebés robados. Y hoy Domingo de Ramos, que es el día grande de los niños con palmas que convierten las calles cañaíllas en un Jerusalén de colores, de ilusión y de músicas, están también esos niños que no están pero que no han sido olvidados, ni llorados, ni perdidos… del todo.

¿Por qué no hacer del júbilo de las palmas el grito contra el olvido, la desmemoria y la impunidad? No nos ponemos fácilmente en la piel de los otros, digo de las madres a quienes les dijeron que sus hijos habían muertos y que mejor no verlos, que ellos se encargaban. Porque, una vez más, somos tan buenos, ¡tan crédulos!

Hemos aprendido en estos últimos años algo más que rudimentos de muchos “derechos”, digo la prescripción, por ejemplo; la defensa “de oficio”, la iniciativa popular, la acción del ministerio fiscal… Es tan sólo un ejemplo. Por eso sabemos que, con tantos indicios, las “autoridades” debían y podrían dedicarse con ahínco a esta búsqueda de la dignidad, de la justicia y de la felicidad de familias amputadas en beneficio de no se sabe muy bien qué cosas.

También hoy es el día de La Columna, esto es, del principio de un martirio. A esa columna estamos atados también todos y a todos nos esperan muchos martirios aunque no sean tan sangrientos, mortales e injustos como el que dieron al Hijo del Hombre. ¿Ni más de dos mil años después encontraremos los medios de saltar sobre la infamia?

Tengo delante de mi ese grupo de familiares de los bebés robados en el nacimiento. Piden en silencio, en el grito de sus pancartas, la devolución, la justicia, el encuentro. Solo eso. Porque en unos casos quieren dar explicaciones innecesarias y en otros dan la vida por un abrazo interminable.

De La Salle sale el gentío que aclama al Mesías sentado sobre un pollino que llamamos en La Isla del Señor “Borriquita”. Es una procesión infantil de palmas en donde no fueron esos niños que habían sido robados al nacer o del que no sabemos, no saben los suyos que ni los olvidan ni desesperan, solo perseveran hasta el momento del encuentro, el momento de la verdad. Hoy más que nunca, en este Domingo de Ramos en todos los pueblos del mundo, convertidos en el recuerdo de Jerusalén.