miércoles, 28 de marzo de 2012

José Manuel Benítez del Castillo

Real Academia de San Dionisio Sesión Necrológica
Mádaba es una localidad situada al sur de Amman, en Jordania. Ya los peregrinos medievales visitaban este enclave palestino que me recordó bajo el sol al jerezano barrio de San Mateo en los años 60, pero todavía más estragado el jordano-palestino. Fuimos a Mádaba para iniciar la peregrinación a Tierra Santa en una iglesia bizantina que contenía el mapa de los Santos Lugares. Al salir de esta iglesia pequeña e increíble, bajo un sol verdaderamente de justicia, vi en el cuello de una peregrina brillar una estrella de David de oro. Me acerqué a ella, a quien entonces no conocía, para decirle “¿Mujer, como en estos lugares muestras la estrella judía?”. Se sorprendió y comprendió que debía guardarla dentro de su ropa. Era una persona, esta mujer, de buena planta, muy risueña y dulce que hablaba como de otro sitio, una mujer muy guapa, por cierto. Camino del autobús pasamos por algunas calles con cafés y puestos ambulantes de gasas orientales. Un poco para disculparme de haberle dicho lo de la estrella de David, que nunca debí hacerlo, quise arreglarlo de algún modo señalando el puesto de gasas y sedas, chilabas y babuchas. Le dije: Mira, para el baile de los siete velos... Entonces ella me miró con cierta ternura y me dijo como sin darle importancia: Yo no puedo bailar los siete velos porque estoy operada de un cáncer de mama... Me quedé helado bajo la luz tórrida y el calor del cercano desierto. Balbuceé un lo siento verdaderamente conmovido pero ella le quitó importancia, toda la importancia. Y nos presentamos. “Me llaman Pilarín y soy la mujer de José Manuel Benítez del Castillo”. Éramos un grupo relativamente pequeño cuyo núcleo duro eran familiares y amigos de un sacerdote palentino, profesor del Coloma, en donde supe había enseñado historia Pilarín. Añadidos fuimos José Manuel y Pilarín, Maite Beltrami, otros jerezanos amigos de este franciscano, y mi mujer y yo. Unas treinta personas, tres de los cuales eran sacerdotes, dos franciscanos y un diocesano. Pensando en la intensidad de los días vividos en Jordania, Israel y Palestina y recordando esas vivencias puedo afirmar que se trata de una contracción del tiempo de una vida lo que allí vivimos. Especialmente José Manuel Benítez del Castillo y yo. Quiero decir que, por ejemplo, supe una tarde en Tiberiades que José Manuel era académico de San Dionisio cuando yo le hablaba de mi amor a Jerez, de lo que siempre me gustó la ciudad y no sólo el Flamenco. Además, desde 1993 soy Académico Correspondiente de San Dionisio -le dije. Entonces él me contestó que fue vicepresidente con mi buen amigo García-Figueras. Verdaderamente no me extrañó, sino su gran modestia. Porque poco a poco, en esa concentración de la materia del recuerdo y en la contracción del tiempo, fenómeno añadido a todos los fenómenos que se dieron en Tierra Santa, fui sabiendo de quien ya yo sabía que sería mi gran amigo más allá de la medida y la distancia, más allá del tiempo y toda contingencia. Por ejemplo que era un eminente oftalmólogo especializado en “bizcos”, como yo riéndome le dije. Pues resultó que había puesto derecho el ojo de un niño de mi maestro Luis Berenguer... Y, cuando le dije que tenía un hermano trabajando en el hospital jerezano, en el punto de extracción de sangre, exclamó: ¡Rafalito! O sea, como si la vida hubiera estado trenzando de nudos invisibles el camino que hizo nuestro encuentro y una de las amistades más verdaderas, sentidas y grandes que jamás tuve en la vida. Quien había enderezado el ojo estrábico del hijo de mi amigo Luis Berenguer (le contaba yo a este hilo anécdotas del grandísimo novelista fallecido en San Fernando en 1979 y es que José Manuel se moría de risa porque fue siempre lo que saltaba cuando nos reuníamos en Jerez o en La Isla, siempre, la risa; digo que resultó que por mi hermano, recordó José Manuel a mi padre, ¡a quien había operado de cataratas! En fin, era para entregarse, ya digo, la cantidad de recuerdos, retazos de vidas cercanas y su gran amor a la vida, que hacía explosión con las cosas que yo le contaba y que le hacía reír inconteniblemente, tanto (son testigos los otros peregrinos) que se nos agregaron unos y otros sorprendidos por las risas y las risas y las risas. Pilarín era una de las primeras sorprendidas con este manantial de alegría que nos surgió en Tierra Santa. Ella, una mujer inolvidable, y tan guapa, que llevaba tiempo sobreviviendo al infortunio de su cáncer de mama, veía con sorpresa a nuestro académico y preclaro médico especialista en oftalmología reírse por toda Tierra Santa en la compañía de quien les habla, ya amigo para siempre porque puede que lo fuéramos desde siempre. Pensando en las palabras que debía decir aquí, atendiendo a la invitación de la Real Academia de San Dionisio y de su secretario, mi buen amigo Andrés Cañadas, pese a la incredulidad que me produce el hecho de que José Manuel no está ya en Jerez sino que ha cruzado la frontera del Cielo para encontrarse con su madre, por la que rezó en el convento carmelitano de Haifa, subiendo al altar mayor por especial regalo de la comunidad carmelitana de la laboriosa ciudad israelita... Quiero decir que en cada secuencia de los días vividos, tan intensamente, en Tierra Santa hay un José Manuel Benítez del Castillo que emerge de su propia condición, es el peregrino que se arrodilló en Belén para besar la piedra en donde nació Jesús, el que se sentó a rezar ya anochecido en el valle de los Olivos o aguardó a que llegaran del mar muerto quienes se habían embadurnado de barros y flotado en el agua caliente de ese lugar de honduras al aire libre del desierto. Sí, fue efectivamente un tiempo en el que el tiempo se contrajo o se convirtió en un agujero de la memoria y el compartir las emociones y la fe que nos habían dado nuestros padres. Nunca pensé que estaría aquí, un día como hoy, para resumirles la calidad humana de un hombre bueno, y de la mujer con la que compartió su vida hasta el extremo de no querer vivirla sin su compañía. Que me lo dijo en Tierra Santa de un modo tan sentido que ya entonces yo lo pensé, que vivirían la Vida después de la vida vivida cuanto antes pudieran el uno o el otro para acudir al encuentro sobre la cegadora luz del lugar donde habita la Luz y no prevalecen las tinieblas. ................ Arriba de la orilla del Mar Muerto había una terraza con una cerveza fría, muy fría. La bebíamos con verdadera delectación mientras llegaban quienes habían chapoteado en las densas aguas calientes. Digo que en todas partes nos contábamos las vidas, suspirábamos por los nietas, las hijas y los hijos. Vivimos tan íntimamente la experiencia de Tierra Santa que por eso quizá puedo escribir estas palabras sin derrumbarme. Pero todos sabéis de la calidad de este jerezano de bien, de este doctor eminente, de este padre amoroso, esposo enamorado, de este hombre -creedme- con una capacidad infinita para la risa, la cercanía y el afecto. Generoso completo, humilde y sabio, José Manuel Benítez del Castillo es sin duda un ejemplo de académico, de persona cabal, de jerezano esencial. Del mismo modo que ya sé que en Tierra Santa el tiempo de la memoria y la experiencia de la vida se pueden contraer y que aparecen destellos desconocidos, luces inolvidables y dolores que afloran, sentimientos que no conocíamos, nunca olvidaré el ejemplo de amistad de José Manuel Benítez del Castillo ni la cernía tímida y tremendamente afectiva de Pilar, su mujer de todos los días de su vida. El otro día he sabido que el autor de Mark Twain solía decir que contar una historia era algo muy sencillo, se empieza por el principio, se continua y cuando acaba la historia se escribe fin y se calla uno. Yo, francamente, debo decir que no puedo contar una historia que, objetivamente, no tuvo un principio sino la anécdota de una cruz de David, de oro, que refulgía bajo el sol de Mádaba, la localidad jordana en donde hay una iglesia que contiene el mapa de Tierra Santa en el suelo de su nave principal. La llevaba al cuello Pilarín, la dulce compañera de José Manuel Benítez del Castillo. Y por lo tanto no puedo poner el fin a lo que no ha acabado porque va a vivir en nosotros, quienes fuimos sus amigos, sus compañeros, sus paisanos, sus pacientes... Por lo pronto nos hemos reunido aquí para decir de él, para no llorarlo, para dar el testimonio de que la memoria del hombre lleva el genoma de la gratitud y del afecto. Yo nunca olvidaré su risa, ni su palabra amena, cercana y amiga. Muchas gracias. San Fernando, 20 de marzo de 2012

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