martes, 29 de noviembre de 2011

Una ciudad, un grabado

Hace ya años, cómo pasa el tiempo. Pero Nuremberg formó parte del impacto emocional e intelectual que significó para mí la primera visita a la Alemania del Sur. Entramos por Zurich y previa contemplación de las cataratas fronteras, llegamos a la Selva Negra. Los lagos alpinos, los pequeños pueblos de montaña con sus balcones llenos de geráneos florecidos, los verdes del bosque, el aire de las cumbres, los cielos sin nubes preludiaban un encuentro con las grandes ciudades bávaras, y las medianas. No salía de mi entusiasmo. Ahora encuentro este viejo grabado de Nvremberga, puede que de Durero, maravilloso. Y me pregunto lo de siempre, el amor que se pone en el arte es proporcional al amor que el arte recibe. Envidio los ojos medievales que no pudieron ver el horror de esos años que nunca, desgraciadamente, se despegarán de la piel de esta gran nación, este gran pueblo que es Alemania. Porque ciudades maravillosas como Nuremberg tienen impreso a fuego haber participado en aquella infamia sin redención.


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