martes, 20 de octubre de 2009

EL MUNDO DE LUIS BERENGUER

EL MUNDO DE LUIS BERENGUER

REAL ACADEMIA DE SAN ROMUALDO

13 DE octubre DE 2009



Excmo. Sr. Presidente

Ilustrísimos Señores Académicos

Autoridades y Representaciones

Señoras y señores

Querida familia de Luis Berenguer



Tomo el título de su novela más conocida, “El mundo de Juan Lobón”, para recordar, conmemorar y homenajear a uno de los escritores más brillantes que he tenido la fortuna de conocer. Y lo hago con una torsión del título de esa maravillosa e inolvidable novela para intentar contar aquí, en la Real Academia de San Romualdo de Ciencias, Artes y Letras, que le rinde homenaje en el XXX Anivesario de su muerte: “El mundo de Luis Berenguer”.



Ocurre a menudo que estamos tan familiarizados con alguien que pensamos que todos saben todo de ese alguien. Pero desgraciadamente no es así. Por ello, y como sé que Luis Berenguer, para muchos, es una Biblioteca que hay en la calle Real o, creo, un escritor pero no tengo ni idea, viene siendo necesario, como poco, poner en negro sobre blanco, al menos en el escenario de su pueblo y en donde descansa a la espera de la resurrección y la vida eterna, en las que creyó todos los días de su vida, quién fue, cómo fue, qué hizo, cómo lo hizo… Luis Berenguer. En definitiva, cuál fue el “mundo” de Luis Berenguer.

Immanuel Kant, el filósofo alemán, jamás salió Königsberg, su pueblo. Sin embargo, el mundo de sus intereses, tanto interiores como exteriores, fue inabarcable. La condición movediza o inmóvil de las personas no explica por sí misma su naturaleza intelectual, ni moral, ni artística.

En el caso de Luis Berenguer, si no recuerdo mal, pocos escenarios completan su periplo vital: El Ferrol, La Aljorra, San Fernando, Marín, Madrid, San Fernando, Estados Unidos, Torregorda, La Carraca y la Eternidad. En el juego de cajas chinas de cada nombre habría otros escenarios, otros nombres superpuestos. Como la playa de Torregorda, Alcalá de los Gazules o Medina, Paterna, Espera..., el Café Gijón, la casa de su suegro en la calle Real, la iglesia del Carmen, qué sé yo, el Club Naval de Oficiales, El Puerto de Santa María…



En la reconstrucción de los itinerarios de nuestro autor, habría que poner nombres, muchos nombres. El del jefe al que dedicó su primera novela con las berenguerianas palabras de “A mi querido jefe que me permitió escribir esta novela en horas de oficina” (más o menos), su suegro, el magistrado juez don Eduardo Monzón, que tan honda impresión le causó siempre, los escritores sin suerte del San Fernando de cuando entonces, como el poeta de las rosas, Juan José García Sánchez, Germán Caos Roldán y José González Barba, o los tres escritores de su tiempo a quienes dio acogida y sincero afecto, como el poeta Juan Mena, a quien quería bien, Rafael Duarte, el de las metáforas fulgurantes y este que hoy lo recuerda y homenajea, a quien le enseñó mucho del trabajo con el mezquino idioma…

En el mundo de Luis Berenguer es conveniente acotar con mucho cuidado este microcosmos local en el que él se movía por cuanto estaba a punto de estallar el big ban del boon de la llamada Narrativa Latinoamericana, con la irrupción de los Vargas LLosa, García Márquez, Guillermo Cabrera Infante, José Lezama Lima, Cortázar y Borges, Onetti, Carpentier… Lo digo porque, finalmente, todos quisieron, de algún modo, elevar a universal lo local, encontrar en la inspiración de la cercanía el lejano objetivo de la universalidad artística.

Mucho antes de que nos encontremos a Luis Berenguer situado en el escalafón de los grandes novelistas españoles de los años 60 y 70, quiero decir junto al grande e inolvidable Alfonso Grosso, José Manuel Caballero Bonald, Miguel Delibes, Francisco Umbral… Quiero decir, cuando Luis Berenguer era el Teniente de Navío don Luis Berenguer y Moreno de Guerra, poeta aficionado de buena tonada, por cierto, pasaban demasiadas cosas en el mundo de la novela, dada por muerta otras veces y resucitada con más fuerza que la vez anterior.

Empieza a parecerse este mundo de Luis Berenguer que pretendo poner en limpio esta noche al verdadero mundo de Luis Berenguer, su tiempo narrativo hecho de increíbles zigzagueos inevitables y que me contaba algunas veces como un verdadero acontecimiento cognitivo. Que consistió en que las cosas no surgen por un orden lógico en el interior de la conciencia humana sino que vienen y van, aparecen y desaparecen por leyes complejas que tienen que ver con algunos hallazgos de la psicología del inconsciente o el mundo de las relaciones inverosímiles.

Como la magdalena de Proust.

No recuerdo ahora si hubo una magdalena de Proust en el origen literario del ya Capitán de Corbeta de la Armada, del Cuerpo de Ingeniero de Armas Navales, don Luis Berenguer y Moreno de Guerra. Pero sí que hubo, por confesión de parte, una prehistoria y un aprendizaje que se llamaron Simenon y Dostoyesky. Y por supuesto Galdós y don Pío, Clarín y los naturalistas, Cervantes, la literatura española. Aunque todavía nos sorprenda la ingente capacidad de trabajo y eugenésica del autor de Marea Escorada, que cada año, o dos años, traía un nuevo hijo al mundo, lo cierto es que estamos hablando de alguien con un perfil intelectual asombroso.

Verán, algunos, como yo ahora, pueden dar este testimonio que en absoluto es subjetivo. Es cierto que Luis Berenguer ingresó en la Escuela Naval de Marín, de donde salió con su despacho de Alférez de Fragata; es cierto que, andando el tiempo, amplió estudios y se hizo Ingeniero de Armas Navales, como es innegable que sus novelas contienen en el interior toda una teoría de la novela, un conocimiento de la composición literaria, un conocimiento de la Literatura sólo dada a grandes especialistas en la materia.

Porque una novela no se escribe al azar, no es un huevo que se echa a freír. Ni fue normal en aquel tiempo un marino de guerra que leyera Ulysses en inglés, y lo entendiera. Ni que fuera de sorpresa en sorpresa -también confesión de parte- con un poeta peruano llamado César Vallejo, del que dijo entender sólo el 20 por ciento de su Trilce, pero que le hacía poner los ojos en blanco. Por amor a la poesía, de la que era un gran entendido, y por amor a la sorpresa del mundo de las palabras con magia. Llamárase César Vallejo, Juan Ramón, Neruda, Campoamor, Antonio Machado, Juan Mena, el que escribiera: Oh doncellas isleñas, jamás competiréis en esbeltez con las acelgas…. Y el Rafael Duarte que decía del mar de caoba del piano y otras metáforas inimaginables...



Voy haciendo un acopio de recuerdos para acotar el mundo insólito de Luis Berenguer. Esto de hoy y de aquí es un testimonio de años de relación, de afecto, de admiración sin medida y de gratitud. Fue hombre Luis Berenguer educado y atento, en cuanto a Moreno de Guerra, en cuanto a cañaílla nacido en cualquier sitio de la geografía de la Marina de Guerra de España, un hombre que recibía la señal de la cruz en la frente de manos de su madre, una mujer bellísima, como yo la recuerdo. Por eso decía que nació en El Ferrol por Orden Ministerial, que es exactamente así aunque muchos nunca lo han entendido del todo, se hayan hecho un lío con este modo de decir que nació en El Ferrol porque allí le cogió el parto a su madre, porque allí estaba entonces destinado su padre, médico de la Armada.

En fin, se trata siempre de dar muchas explicaciones para comprender el movedizo escenario de la vida de un artista excepcional que vivió entre nosotros, que vive entre nosotros y que tenemos que hacer posible, como pretende la Real Academia de San Romualdo hoy, con nuestro querido presidente a la cabeza, que siga ocurriendo por los siglos de los siglos.

En el mundo de Luis Berenguer había una maleta llena de sortilegios, de imágenes fijas, de fotografías, de acentos regionales y de palabras. La diferencia, lo sabemos hoy, entre la planicie y las elevaciones, está en la sintaxis, lo que bien podríamos llamar “la gramática”. Luis Berenguer esto lo descubre en los poetas, a los que era muy dado. Quiero decir que si un día se sorprende leyendo el soneto de César Vallejo “Piedra negra sobre piedra blanca”, en el que se dice “me moriré en París, con aguacero, un día del cual ya tengo el recuerdo”, no como una anticipación sino como un hallazgo de la estadística, es normal que un día nuestro autor haga decir a un personaje de Tamatea: “yo te quiero mucho ayer”. Escribir bien es poner en lucha los tiempos de los verbos con los complementos predicativos; escribir bien es orillar los caminos trillados. La gramática no puede ser algo garbancero o esclerótico, ni una férula imposible para la expresividad y la sorpresa del contar el cómo más que el qué. Tiene que ponerse al servicio de la creatividad, al servicio de la sorpresa de los días idénticos y los dramas idénticos porque lo primero, de lo primero, que descubre Luis Berenguer, el escritor y el lector Luis Berenguer, es que la literatura es como una moneda de dos caras, en una está el amor y en la otra está la muerte. Y nada más. Quiero decir el amor en todas sus declinaciones y la muerte en todas las declinaciones. Como el desamor, la enfermedad, la distancia, el dolor, la madre, el hijo, la alegría, la gracia, el ángel de los andaluces, la chispa, la ironía. La vida misma en definitiva.



¿Cuándo aparece Ulysses en el mundo de Luis Berenger? Puede que a principios de los 60. ¿En inglés? Puede que en inglés. La ventaja de Luis Berenguer sobre algunos de sus contemporáneos estaba en el mayor cosmopolitismo del ferrolano-cañaílla. Particularmente de su estancia en los Estados Unidos. Pero qué curioso que el marino que hizo su Juan Sebastián Elcano y que, quizá por ello, conocía muy bien el verso nerudiano: - “Amo el amor de los marineros, que aman y se van”, eligiera el microcosmos hoy llamado parque natural de los Alcornocales con algunas excursiones a los pueblos del entorno, en la ficción, para un médico, un notario o un cura.

Un lector avezado de Joyce, conocedor de Dostoyesky y de Proust, de Faulkner, Simenon, Hammet y la mejor novela en español de su tiempo primigenio, no podía devenir en lo que con cierto menosprecio se llama “costumbrismo”. Porque la apuesta siempre tenía que ser elevar lo particular a lo general, lo concreto a lo abstracto. Quiero decir que existía, desde la primera novela, una voluntad consciente e inconsciente al mismo tiempo por trascender del novelar contemporáneo, como lo estaba haciendo Grosso, los más tarde llamados “narraluces” (Fernando Quiñones, Aquilino Duque, José María Requena, Antonio Hernández, Julio de la Rosa...) y, en general, los llamados a revitalizar el género tanto en la lengua española como en las otras lenguas de civilización.

El cómo era bastante parecido, con mayor o menor fortuna dependiendo de qué casos, claro. Me refiero, como sin duda habrán apreciado, al cómo narrativo, o mejor dicho, narratológico. Mas en el mundo de Luis Berenguer se da una situación bastante insólita, en el sentido de que hay una línea vertebral -vista con la perspectiva de todas su novelas y 30 años de distancia- que lo hará diferente a sus compañeros de generación. Me refiero a la búsqueda y encuentro de un espacio prístino, el cincelado de un personaje incontaminado, angélico, en comunión con la naturaleza. En su última novela, Tamatea, novia de otoño, que conocí de sus labios a medida que la iba escribiendo, en las largas tardes que compartí con él en su casa de la calle Real, dio las mismas puntadas del mismo hilo que en la primera y, es más, en una obra escénica con la que anduvo peleando mucho tiempo.

Recuerdo su voz todavía leyendo: “A mí el golf me da alergia, como el bridge, el teatro y la doma de alta escuela. Cuestión temperamental: me fastidian las pelotitas, los monólogos de Hamlet y ver a un animal, tan espléndido como el caballo, haciendo el gilipollas”.

Un poco por ser la última, Tamatea se es dada a leer en clave autobiográfica, pero es lo mismo, podríamos coleccionar las oraciones enunciativas del narrador que nunca es el omnipresente Dios, porque no hay una omnipresencia de nada en el mundo de Luis Berenguer, y Dios siempre estuvo en otro sitio diferente a la novela que escribía -”Yo comulgo todos los días un poquito”, solía decir berenguerianamente. Pero a lo que íbamos, los modos de buscar y encontrar, y describir, y novelar, lo incontaminado, lo puro, que fue el hilo conductor, la cordillera vertebral del mundo de Luis Berenguer, está en los espacios ambientales donde la naturaleza, en su estado primitivo, o más primitivo, tiene asiento.


La naturaleza escéptica del personaje que habla en Tamatea, que va poniendo un espejo en la especulación de terrenos y en el mundo ficticio de quienes se sienten más que nadie, la gente importante, los hombres de empresa, jet society, la pura jeta, el puro pedo que especula duro, comme il faut, para apartarnos todos en el damasquinado ghetto alrededor del Golf, el Polo y las soledades de la playa… Va a ser autodefinida, por el narrador, la mano que nos lleva por los vericuetos de la novela, del siguiente modo: “Somos clase selecta, autodiscriminada contra el rancio estilo patrio que olía a garbanzos con judías, y contra el pueblo que siempre huele a pueblo.”

Hagamos una parada breve para considerar la espita que se acaba de abrir en una novela de 1978, cerrada el día de San Casimiro de 1979, meses antes de la muerte de nuestro autor y destinada a darle al Premio Planeta un texto de una calidad superior al acostumbrado y a Luis Berenguer lectores necesarios y algún alivio pecuniario para la economía de resistencia que significaba el sueldo de capitán de fragata en una familia no ya numerosa sino inaudita.

No pudo ser, como es sabido, y el novelista que estuvo buscando el espacio incontaminado, el medio ambiente perfecto, el Adán del paraíso antes de que Eva tomara la manzana y lo incitara a ser igual que Dios, anticipándose a la ecología y a todas las “logías” que tienen que ver con el mundo que nos estamos cargando concienzudamente, entró en el misterio de la vida eterna desde la sorpresa, estoy seguro, y la perplejidad, de una búsqueda de remedio a un mal que había ido a por él.

¿Mas dónde empezó todo? ¿Dónde pone Luis Berenguer el primer sillar del edificio que iba a construir en un momento de la cultura española en donde se creía todavía en el Arte como modo de exorcismo de los demonios interiores? Hemos dicho que Luis Berenguer “rompió” en poeta y que la poesía se hizo prosa para habitar entre nosotros. Con independencia de su ser natural, esa inteligencia privilegiada y esa altivez con los altivos que se tornaba humildad con los humildes (para algunos críticos tiene que ver con la visión de la miseria humana, del hambre, la enfermedad y la muerte contemplada en el Madrid de la postguerra y en aquella Isla iniciática de la que casi nunca se habla en La Isla, digo con compasión y misericordia.) Me refiero, dado que hablo en casa, a La Isla de más allá de las callejuelas, La Isla del derrame de la ciudad camino del Cerro de los Mártires y las barriadas obreras que empezaron a construirse al calor del desarrollo de la construcción naval y los bienes de equipo, que trajeron a la ciudad a gaditanos de los cuatro puntos cardinales de la necesidad y el hambre del campo, del hambre de los pueblos interiores, del hambre de una época ciertamente triste de nuestra historia nacional y local.

Esta humanidad puebla las novelas de Luis Berenguer, especialmente El mundo de Lobón y Marea Escorada, sus dos primeras novelas, que representan el interior de la provincia y el litoral, y los hombres recios y desgraciados que lo habitaban junto a los héroes berenguerianos, los limpios de corazón, los que verían a Dios.

Leña Verde, su extraordinaria tercera novela, fue una reconstrucción del mundo esbozado con buen trazo en El mundo de Juan Lobón, y un adentrado valiente en la vertiente social -sin serlo- de la novela de su época. No es que fueran trozos del Lobón que se quedaron en la gaveta de Luis Berenguer pero están en esa onda, hay ese aire limpio por las sierras y las pasiones elementales que hacían convivir la malicia con la tantas veces inocencia de la naturaleza literaria de nuestro autor. Como el episodio del río, uno de los fragmentos más logrados -como prosa, como texto- de toda la obra de cañaílla-ferrolano: “¡El señorito es ciego!”

El mundo de Luis Berenguer no es fácilmente clasificable. Cada novela fue un experimento individual, una apuesta contra sí mismo. Quien solía decir, como fórmula de perfección en el arte que “había que parecerse a sí mismo”, que había que “inventarse a sí mismo”, no podía, ni mucho menos, tener una exigencia inferior a muchísima. Por eso sus novelas son raros ejemplos de perfección, modelos de estructura y acabados productos artísticos de excepcional calidad.

Cuando me enfrenté a los recuerdos en carne viva de Luis Berenguer para decir aquí y encontré que debía hablar de “El mundo de Luis Berenguer” más que esbozar una conferencia académica al uso, sentí que pudiera ser que cada día más, Luis Berenguer fuera una biblioteca en su pueblo, donde está su tierra, y un ¿Luis Berenguer, de qué me suena? Realmente esto me sacaba de quicio. Por el esfuerzo inaudito que hizo el marino escribiendo novelas en su casa por las tardes, o en horas de oficina cuando podía, redoblando más si cabía sobre los hombros de Elvira, su esposa, el inmenso trabajo de la casa; y por la importancia objetiva, intrínseca que para la cultura española tenía, tiene y tendrá nuestro autor.



La novela, como realidad objetivable, acabada, cerrada y final debe ser, cuando menos, situada en un contexto vital, que es el del novelista poniendo palabra sobre palabra y soñando cada día, cada instante, la pesadilla de construir un mundo sobre un enunciado, una idea, un pensamiento. En el mundo de Luis Berenguer existía la búsqueda del ideal humano y natural que era el encuentro con lo incontaminado, primitivo (en el sentido noble del término), puro. El hombre en la naturaleza, formando parte de la naturaleza. Naturaleza misma. Este principio general, con sus variables, que las hubo, lo encontramos en todas sus novelas pero hay dos de ellas que merecen un comentario al margen.

Luis Berenguer, tras el éxito de El mundo de Juan Lobón, se metió de bruces en algo que le pedía el cuerpo: la experimentación. Había rechazado el mundo de los to y los na, como es sabido, pese a construir un andaluz paradigmático, tomado del natural, por cierto, con una rica sociolingüística acorde con su idea de la novela por entonces. El aval del éxito del Lobón le dio alas para novelar el mar. En toda la obra de Luis Berenguer no hay parangón con algunas páginas de esta novela, en sí misma dura, como la vida de entonces en el espacio que describe, transcribe y escribe nuestro autor. Pero emerge de ese naturalismo de la naturaleza, del primitivismo que siempre es el mar, con las frases del mar (mi amigo Rafael Duarte siempre lo recordaba como un hallazgo insólito: “que la mar es hembra y sólo quiere hombres encima”).

Marea escorada, su segunda novela, y Sotavento, su cuarta novela, son dos hitos particulares, digamos, en la trayectoria de Luis Berenguer. Siendo absolutamente distintas (cinco dedos tiene la mano y ninguno se parece, solía decir mi madre). Son sus novelas del mar. Bueno, del mar de los marineros y del mar de los marinos. Ambas le salieron a borbotones, una al compás de Neruda (“amo el amor de los marineros que aman y se van”) y otra al redoble del tambor de mucha infamia acumulada con la Marina de España desde Trafalgar a casi la entrada en siglo XX. O sea, de pérdida a pérdida, qué hay, podríamos decir parafraseando al Neruda de la Tercera Residencia.

Si Marea escorada puede considerarse la obra más “moderna” de Luis Berenguer, en cuanto a estructura narrativa, perfección estilística, creación de un microcosmos sorprendente en donde todas las piezas tenían su encaje en la dirección de la anarquía aparente de la naturaleza, Sotavento sería, para mí, la novela más lograda, más sorprendentemente brillante de todas las que hizo nuestro autor.


Las ideas narratológicas presentes en los primeros escritos narrativos de Luis Berenguer, ese espacio incontaminado en el que los personajes “puros” se interrelacionan con el resto de la dolorida humanidad, en Sotavento van a adquirir un aire diferente. Su amor a la Marina, que fue su familia hasta vaya a saberse qué generación, por los Moreno de Guerra, le basta para que sea precisamente la Marina, la institución hecha con “hombres de hierro en barcos de madera” el nuevo pretexto del novelar. Publicada en 1973 y dedicada, generosamente, a Juan Antonio Campuzano, a quien conocí y que era verdaderamente “mezcla de Archivo de Indias y la Biblioteca del Escorial, sólo que a ritmo de pasodoble”, como escribió Luis Berenguer en la dedicatoria, Sotavento iba a ser, efectivamente, “Crónica de los olvidados”. Fuero realmente “olvidados” aquellos marinos españoles desde Trafalgar hasta Cánovas, prácticamente. La inmensidad de sus sacrificios, y sus méritos, jamás tuvieron otra recompensa que la vuelta a casa, tras meses y meses, o años, por los mares del mundo, para ver a los hijos desconocidos ya andando y a los conocidos hechos mozos y mozas que los aguardaban para la petición de mano o el ramo de flores en las tumbas de los cementerios.

La magia de la prosa de Luis Berenguer pone el resarcir de tanta soledad, de tanto extrañamiento. El padre que llega, en un momento dado es…

“Este que veis aquí, en uniforme grande -casaca y calzón de chamelote, chupa y vuelta encarnada, guarnecido de galón dorado de veinticuatro líneas al canto, del diseño de flores de lis; contracartera en la chupa, botón de caracol en hilo de oro, medias blancas, y sombrero con guilindajes de galón mosquetero en oro y escarapela encarnada de cerda; bajo escudo de armas cuartelado en cruz, gules y oros, torres donjonadas de tres homenajes- es abuelo Diosdado Croquer Donasteves, profesor de la Mathemática y de la Astronomía en la Compañía de Guardias Marinas, que tradujo del francés el tratado de Stánica del p. Pardies, y el De la théorie de Manoeuvre des Vaisseaux del cavallero Renau…”, etc.

El duro oficio de la mar junto al más duro oficio del amor a la Marina y a lo que la Marina representaba, que no era otra cosa que los intereses de la Monarquía y del monarca, y que acabaron siendo la defensa de los intereses de España, de la España de ambos hemisferios. A cuyo reclamo no había derechos sino sólo deberes, no había contrapartidas sino generoso desprendimiento de la vida, hasta la última gota de sangre.

Eran las ideas de Luis Berenguer y, desde luego, eran las coordenadas con las que se fue configurando “El mundo de Luis Berenguer”, que se iba formando y conformando con su pensamiento político, histórico, moral, social y religioso. Paralelamente a la teoría de la novela que fue construyendo y aplicando en cada novela, en cada nueva experiencia creadora. Y que, ciertamente, era de suma importancia en la historia de la novela española durante el siglo XX en el contexto de la historia de la literatura en lengua española, incluida la que se estaba haciendo en lo que se venía llamando el boon de la literatura latinoamericana.

Llegados a este punto, me gustaría sentarme en una piedra del camino y mirar el mundo de Luis Berenguer desde 30 años de ausencia. Estuve en su casa el día 12 de septiembre de 1979, hasta muy tarde... Conocí de su boca Tamatea, novia del otoño... Recuerdo que primero trajo el té con galletas y luego una botella de peach brandy, o dos... Porque le habían regalado una caja. A la mañana siguiente, viernes (creo recordar) iba de cacería... Tenía 54 años y aunque hacía bromas sobre su salud y su “menopausia” era un tipo fuerte, deportista, acostumbrado a subir los montes con la escopeta al hombro.

Luego supe que el viernes no fue de cacería, anduvo detrás del médico porque sentía un dolor en el pecho. El médico no le encontró nada. Ni cuando fue por la mañana, ni cuando fue por la tarde.

Hizo su vida normal aquella tarde y se sentó en el sofá a ver la tele con Elvira y los hijos que tenía en casa ese día. Allí dio el alma a quien se la dio, cercado de su mujer e de sus hijos, como cantó Jorge Manrique. Cuando a la mañana siguiente me llamaron por teléfono para decírmelo es que no me lo podía creer. Fui corriendo al Hospital de San Carlos y allí asistí a una eucaristía por su alma. Un día gris con las calles mojadas en La Isla.

Llevo 30 años preguntándome las preguntas sin respuesta de Luis Berenguer. Perdió su familia, qué duda cabe, más que nadie. Empezando por Elvira, continuando por sus hijos, los nietos que no conocieron al abuelo Luis Berenguer. Perdió la Literatura otra nueva pérdida. Y yo, yo perdí también. Un maestro, un amigo.

Durante 30 años he hablado de Luis Berenguer por devoción a Luis Berenguer y porque quienes no lo conocieron tuvieran noticias de primera mano de quien fue un verdadero escritor, representante y heredero de una raza de locos soñadores que se han dejado la vida luchando contra el mezquino idioma. Egoístamente hablando, habremos de considerar que nos dejó el regalo impagable de sus novelas, que siempre fueron grandes obras de arte.



Para como suele, La Isla le ha dado su sitio. Con el Premio, con la lápida puesta en su casa, con el rótulo de una biblioteca pública, con una calle. Jamás le podrá dar lo que Luis Berenguer dio a la ciudad de su madre, el pueblo de sus hijos. La inmortalidad de una obra está impresa entre las palabras que la construye. El universo gaditano de Luis Berenguer, hecho por las rutas de los Alcornocales, los Pueblos Blancos, Santibáñez, Torregorda, la Carraca, el interior de las casas en donde todavía, a poco que se tenga sensibilidad, están los ecos de las vidas vividas en La Isla, forma parte del tesoro inmaterial del Arte. Se lo debemos a Luis Berenguer, el gran maestro de la novela contemporánea española.

Hoy la Real Academia de San Romualdo, de Ciencias, Letras y Artes, ha querido rendirle este homenaje a través de mi persona. Coincide con la publicación, por fin, de todas las novelas de Luis Berenguer, en una preciosa colección realizada por Algaida. En los libros, en el homenaje, en mis palabras, está “El mundo de Luis Berenguer”, el territorio de sus novelas, el compendio de sus ideas, el manual de su maestría literaria, intelectual y humana.

Estuvo entre nosotros y siempre supimos que había sido elegido para nosotros por quien elige la vida, el tiempo, todo. Y, por supuesto, la inmortalidad.

Muchas gracias.



(Elvira Berenguer hizo uso de la palabra a la terminación del discurso inaugural sobre su padre )

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