jueves, 21 de agosto de 2008

EL PINSAPAR / VIÑAS DE JEREZ



MAÑANA voy a Jerez. Cenaré en casa de unos amigos maravillosos. Sé que me recibirá José Manuel con un oloroso seco porque sabe que siempre pondero ese vino, que me parece un vino excepcional, increíble, único. Mi amigo es un anfitrión entrañable y Pilar más todavía. Por eso. Quería decir que los finos jerezanos y los olorosos son vinos perfectos, no se me ocurre otro modo de calificarlos. Como el jamón pata-negra de la sierra de Huelva, las zapatillas de los esteros isleños, los langostinos de Sanlúcar o los piononos de Santa Fe... La cuestión es que del mismo modo que yo sé que recibir a alguien con una copa de oloroso seco, 
en el desierto jordano reciben con una fuente de dátiles gordales, es el máximo de la hospitalidad, el mundo entero debería saberlo y no lo sabe. El prestigio de Jerez, cuna de esos vinos que no se dan en sitio alguno de la geografía del vino, tan extensa en el planeta, subiría a la estratosfera.



El prestigio es un sello indeleble y complejo que se posa sobre el trabajo humano. Siempre recuerdo a don Antonio Machado en estos casos ("es cosa de necios confundir valor y precio") cuando se trata de ensalzar algo cuyo valor es infinitamente superior al precio. Como este vino de Jerez que no se da en ningún otro sitio del mundo y cuya calidad remonta la línea del cielo. El oloroso. Pues no es el dátil gordal que nos ofrecen en Jericó, ni el té que te dan en la puerta de la jaima, es el cristal en donde rebrilla el vino, el vino mismo cuyo sabor es tan intransferible como una huella dactilar. Precisamente ahora esto escribo, cuando Fedejerez pide que arranquen viñas porque se produce mucho más de lo que se consume, y no hay espacio para almacenar las botas que cada año -con tristeza- ni se abren al embotellado, la exportación, la delectación (los vinos jerezanos no se degustan, se deleitan). Pues 3.500 hectáreas de viñedos dice Fedejerez que 
 en el "Marco". 3.500 hectáreas, ¿cuánto es? Me refiero al paisaje. ¿Qué trozo de ondulaciones con viñas se abduce de hacer lo que pide Fedejerez? ¿Cuántas lomas, cuánto paisaje? Y es más, ¿cuánto trabajo, peonadas, vendimia? La crisis es esto, esa cosa insomne que no nos deja, y muerde por las viñas, y por las casas que no se venden, los puestos de trabajo que desaparecen. Ahora, en Jerez, pretenden quitarnos el paisaje, 3.500 hectáreas de paisaje, ¿cuánto es eso, Dios mío? Mañana, cuando José Manuel me ofrezca la copa de oloroso, el primer retrogusto me recordará la abducción futura de un paisaje ondulado de viñas y el sabio trabajo de siglos que ahora, también, se cierra sin traspaso. Aquí

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