jueves, 24 de julio de 2008

EL PINSAPAR / UN INSULTO






EN mi infancia aprendí que una cosa era insultar y otra "tener" un insulto. Por ejemplo, mi vecina "tenía" un insulto cuando estaba indignada por algo que le había ocurrido, le habían dicho. No es que la hubieran insultado, no, es que le habían "dado" un insulto. El juego semántico del "dar" y el "decir" tenía esta partida, pues. Ocurre como con lo que el otro día leí en el Diario de los precios del mercado, que algunos "sufrían" (otra manera de hablar para pensar un poco) un incremento del 1.400 por ciento sobre el origen. ¡¡¡¡1.400 !!!!, ay, eso es el "insulto" del que quiero hablarles, 1.400 por ciento y el resto de las subidas del reportaje, que van del 400 al 1.400, o más. Esto de las subidas tiene algo de literario, en el sentido más alto de la palabra. O sea, el sufrimiento que uno percibe íntimamente cuando pregunta por el precio del kilo de sandía. Por poner un ejemplo. A la sandía le ocurre lo mismo que a las fresas. Digo que un día pregunté por el precio de las fresas en un puesto del mercado y me dijo una cantidad tan escandalosa que al propio vendedor le debió parecer exagerada. Pero reponiéndose él mismo, añadió: "¡Es que son de Conil!". Con una entonación que requería del "¡ah!" El incremento de 20 céntimos de euro al euro que dicen que vale el kilo de sandía se justifica con otra referencia, otra toponimia: "¡Es que son de Sanlúcar!". Es decir, las cosas valen según de dónde sean. Valen más, está claro. Los chocos de La Casería no tienen comparación con los que vienen ya limpios de El Puerto de Santa María, ni los boquerones de Málaga con los que llegan del moro, o las caballas de Sancti-Petri con otras caballas. De lisas, lenguados, zapatillas y doradas de estero mejor no hablar, no tienen comparación con nada en el mundo. Si no valen como diamantes es porque no se venderían en modo alguno, además de la dificultad del código de barras. Mi admirado poeta Juan Mena escribió en los 60 esos versos tan maravillosos que comparaban la esbeltez de las muchachas isleñas con las acelgas. De aquellas acelgas poéticas a éstas va mucho más que lo metafórico, va esta locura contra la que algo hay que hacer. Por ejemplo, no comprar. O comprar la mitad de la mitad de la mitad, lo justo-justo. Hasta que se imponga el buen juicio, la mano misteriosa de los liberales que ordena este mercado de locura en la que todo vale, al parecer. No es patriótico hablar de la crisis (Zapatero dixit), pero de este disparate de los precios finales de los productos, este insulto, hablando, no se consigue nada. Hay que hacer algo, ya decía.

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